Nuestra sociedad contemporánea está marcada por una característica que la diferencia de cualquier otra época histórica y que la está conduciendo, «a grandes pasos» (Lucía de Fátima), hacia el umbral de su «propia autodestrucción» (Joseph Ratzinger).
Y tal característica —como ya se ha dicho, «autodestructiva»— tiene un término propio que la define: profanación.
Pero no se piense que este término posee un significado exclusivamente sacral, sino que se refiere a todo aquello que, siendo humano, posee sin embargo valor, nobleza, verdad…
La profanación, por tanto, se ejerce en múltiples ámbitos y en varios niveles:
– está la profanación de la vida humana, que ha logrado penetrar —y esto es cierto, ¡ay!, al pie de la letra— en el útero de las mujeres, mediante bisturí y química, para matar vidas inocentes que se están formando, absolutamente indefensas, y que recibe el nombre de aborto voluntario;
– está la profanación, también de la vida humana, que ha conseguido insinuarse en el lecho de las personas ancianas, tras una vida entregada al trabajo y al servicio, pero consideradas ya como instrumentos gastados y sin ninguna utilidad social, e incluso percibidas como una carga económica, y que recibe el nombre de eutanasia, o también «suicidio asistido»;
– está la profanación, aún de la vida humana, que ha logrado entrar en los hospitales, en los quirófanos, para extraer los órganos de personas todavía vivas, pero de las que un instrumento atestigua su «ya no lograr pensar», definiéndolo «plano», y que recibe el nombre de depredación de los órganos.
Comprendo que son cosas duras de leer —¡como, por lo demás, de escribir!— además de horribles pero, aun así, esta es la (triste) realidad de los hechos, de lo que sucede hoy, verdaderamente…
– a continuación está la profanación que se ejerce en la sustitución de la inteligencia humana, libre y creativa, por esa otra supuesta inteligencia artificial; mientras los robots, cada vez más invasivos y prolíficos, osan «robar» el trabajo a los humanos, quienes necesitan dicho trabajo no tanto para ganar, cuanto más bien para realizarse… en una palabra, aquí la profanación recibe el nombre de transhumanismo;
– la profanación, además, tiene todavía otros nombres: educación sexual, dirigida a niños y muchachos, con el fin de violar su inocencia; droga liberalizada, para cortar las alas, los sueños y los deseos a la juventud de la vida; vandalismo, físico y/o verbal, tanto en los lugares de la memoria como en medio de los discursos de los ancianos, de los adultos, de los jóvenes, y aquí recibe el nombre de: libertad de expresión.
¿Qué puede entonces contrarrestar eficazmente la profanación?
¡Su antítesis! De la cual, más aún, la profanación misma no es sino una parodia, invertida y operante en sentido contrario, y tal es la Adoración: con la Adoración, en efecto, doblo las rodillas («con las rodillas de la mente inclinadas», como diría Petrarca) ante el Único digno, en cuya Presencia es muy provechoso arrodillarse…
Inútil decir que hoy tantos individuos se arrodillan, por el contrario, ante los poderosos del mundo, como lo vemos hacer a: periodistas, políticos, magistrados, médicos, burócratas y demás, permaneciendo en cambio orgullosamente de pie ante la Verdad, es más, oponiéndose decididamente a ella…
La Adoración al verdadero Dios (el cristiano, específicamente católico) es hoy el único y verdadero antídoto al «non serviam» (no serviré, no obedeceré, no me arrodillaré, precisamente) de luciferina memoria.
La Adoración Eucarística es, pues, verdaderamente aquel «secreto» capaz de transformar el mundo: solamente tal Adoración, en efecto, es capaz de derrotar la profanación, de desvitalizarla, de arrojarla de nuevo al abismo de muerte del cual ha salido, en estos «últimos tiempos», con el fin —Dios mediante— de purificar en el crisol a los verdaderos adoradores, y así distinguirlos de los falsos adoradores de ídolos vanos e inconsistentes…
Mors et Vita duello conflixere mirando
(Muerte y Vida se han enfrentado en un duelo extraordinario)
Tal es el desafío apocalíptico, del que una de las dos debe necesariamente salir victoriosa: la Vida no puede morir, mientras que la Muerte… ¡ya está muerta en sí misma!
Sergio Russo
P.D. Acaba de publicarse un libro «Los Verdaderos Adoradores» (aquí), que contiene meditaciones inéditas, que serán fuente de inspiración y de renovados renacimientos espirituales, antídoto al nihilismo imperante, dedicado a verdaderos hombres y mujeres y, en una palabra, a los apóstoles de los últimos tiempos.