Puesto que alto se alza el muro del silencio cómplice contra la verdad, que, a pesar de todo —las barricadas, los insultos, los chismes—, permanece siempre, magnífica, luciente y pura, igual a sí misma, he recortado una parte del artículo relacionado con lo que he visto y vivido en primera persona en este calurosísimo verano. No sirve, no importa. De todos modos, los turbo cáncer y las muertes por indisposición repentina están por todas partes y todas las familias de este desventurado país lloran ya a hijos, hermanos, madres, padres. Así pues, me basta recorrer un grupo de Facebook, que cuenta entre sus inscritos también con nuestro Marco Tosatti, para mirar lejos y encontrar las mismas cosas de las que he escrito aquí cerca, creando escándalo y revuelo (¡todos lectores para Stilum Curiae!). Qué cambia, no lo sé, pero está bien, contentos ellos…

Después de haber hecho clic, pues, en el grupo, descubro que una niña de cuatro meses ha volado al cielo y en vano busco detalles. En Cagliari un niño de ocho años ha muerto por indisposición repentina. Ya, siempre ha ocurrido. Luego hay muchos jóvenes y jovencísimos, diversamente jóvenes y madres y padres. Un fotógrafo caído y muerto mientras hacía un reportaje y todos con la misma historia: caen y de nada valen los auxilios. Todos volados allá arriba. Pero ay de ti si dices la verdad, porque te descargan encima odio e improperios (que me importan tanto como las vicisitudes del señor ranucci y del señor lavitola). Te llaman loca (y, como buenos cobardes, lo hacen por persona interpuesta), y yo, zzzzz, duermo a pierna suelta…

Y luego todos a culpar al destino cruel, sin mojar jamás el cerebro en la duda, en la probabilidad, en la posibilidad. No y no, la cienzia no se equivoca. Ni siquiera cuando nos obligaba a tomar el café de pie porque, sentándonos, podíamos contraer el virrrusss brrrr. Y después la toman con el Señor, que no tiene nada que ver. Su ídolo es Mario Draghi, aquel que decía: «Quien no se vacuna muere y hace morir»… Suspiro.

Hombres y mujeres han hecho la voluntad de Speranza (sin esperanza) —y no la Santa Voluntad de Dios, que nos creó sanos y fuertes—. Ellos, vueltos feroces por quien los contradice, la toman con la verdad y quisieran matarla, hacerla pedacitos, destruirla. Pero ella resplandece, como mi dulce Cecilia, en el mundo al revés que ha redescubierto el homo homini lupus. He padecido mucho durante la psicopandemia, resistiendo, discutiendo incluso con un famoso profesor católico (al que tanto había admirado) pro vacunas, que publicó un libro en defensa del suero génico hecho con pedacitos de niño abortado. He padecido, decía, he resistido, he escrito y reescrito mil veces el mismo texto. Como el presente. El silencio ha cubierto siempre mi voz. Ahora no, algo ha cambiado. Ahora un fuego de rencor intenta acribillarme, pero ellos no saben lo que significa vivir en las dulces manos del Señor, no conocen el gran consuelo de la Eucaristía, el deseo vivo de agradar solo a Él. Y así el silencio, el rechinar de dientes, los escupitajos de veneno no son nada frente al océano de paz que siento en el corazón, y mi perdón todo lo abraza.