¿Oh quién me llama a esta hora de la noche? ¿Quién llama a la puerta de mi corazón? En el silencio nocturno que envuelve mis estancias romanas, permanezco en vigilia de oración. Un entero Santo Rosario de los misterios dolorosos porque deseo estar con Jesús, en Getsemaní, abandonado el mundo, podada de mis certezas, sola, con Él. Y luego toda la Pasión y la muerte en el Calvario.

Estoy despierta, de puntillas, voy a la cocina a vaciar el lavavajillas y mientras, en el orden de platos, tazas y cubiertos, el corazón recupera el trote, se me presenta la visitadora de mi alma. ¡Es Juana de Arco! Ella me reconforta en mi solitario andar y me indica el camino que también era el suyo: liberar a Francia de los ingleses que la mantienen en la trampa de la falsa democracia.

Regreso a la cama y continúo con los misterios de la Gloria hasta que el sueño me vence y ya es mañana. He preparado, ayer, el soda bread, que comía de niña durante los meses irlandeses en casa de la Sra. Pettit que, antes de la Misa diaria, lo ponía en el horno y estaba listo para mí, con mantequilla y mermelada, a mi despertar. Y después del desayuno con el marido que me escucha con un solo oído me pongo a teclear en la computadora para leer sobre ella, sobre Juana, que, niña, analfabeta, pobre, seguía, indomable, la voluntad de Dios, hasta la muerte atroz por mano de los ingleses. Descubro entonces que precisamente hoy, 16 de mayo, la maravillosa Juana fue canonizada por Benedicto XV. Otro Benedicto que sabía...

Queridos franceses, hermanos en el Señor, despierten, sigan no la falsa Mariana con las facciones de una actriz (aunque bella, por supuesto), sino a vuestras grandes Santas. Como Juana, como Genoveva, que recogió los restos de San Dionisio, patrón de París y que pronunció ante las hordas de Atila, que sitiaban París, Atila, también él azote de Dios, estas palabras célebres: "Que los hombres huyan, si quieren y si ya no son capaces de luchar. Nosotras mujeres rezaremos a Dios tan intensamente que escuchará nuestras súplicas". Pero los hombres descendieron a la contienda, lucharon y París fue salvada.

El Rey Luis XVII no ha muerto, sino que palpita su pequeño corazón conservado en la espléndida Basílica de Saint Denis. Hagan sonar las campanas, recen, no se rindan a los azotes que vienen de Inglaterra y de Estados Unidos. No caigan en la trampa. Oh qué cansancio, bostezo, basta, he terminado y mientras estoy por escribir la palabra fin se me viene a la mente un extraño episodio que me sucedió hace algún tiempo cuando mi taller Bebabou trabajaba mucho e iba a comprar telas en una tiendita en plaza Vittorio. Un día, de buena mañana, entro y el propietario, con una gran sonrisa, me dice: "Oh buenos días, querida Juana!". Y yo: "En realidad me llamo Benedetta". Él, en respuesta: "Eso lo dices tú...".

Deseo a todos un feliz Santo Domingo de Ascensión.