Tomando prestadas las invenciones lingüísticas de Totó, me atrevería a decir que los asiduos lectores de los blogs católicos, además de encontrar artículos interesantes, son bombardeados cada día por una cantidad de «bezzecole, quisquilie, pinzillacchere» (me interesa precisar que Totó dijo bezzecole, y no bazzecole, como encontramos escrito en la web), que se añaden a las producidas por la iglesia sinodal, la cual ya conserva solo borrosas huellas del Evangelio. Este torbellino de palabras ociosas —desde hace bastante tiempo— me ha llevado a la conclusión de que la única cosa seria en la cual podemos confiar en estos «últimos tiempos» son las profecías, que son también «consejos», provenientes del Cielo, para no caer en los engaños doctrinales de la falsa iglesia fundada por Jorge Mario Bergoglio.

 

En este blog ya he referido algunas profecías sobre León XIV que se están realizando al pie de la letra, y dado que diversos Papas (los verdaderos) han tronado contra la masonería —denuncia que concluyó con Juan XXIII, gracias al cual los masones hicieron su entrada oficial en la Iglesia de Cristo—, citaré algunas profecías sobre este tema. Por los límites que caracterizan un artículo, me limitaré a pocas y breves citas sobre el tema.

 

Es sorprendente saber que cuando la masonería debía aún nacer, la Virgen hablaba de ella en Ecuador a la religiosa Mariana de Jesús Torres (1563-1635). En estas apariciones, llamadas de la Virgen del Buen Suceso, el 21 de enero de 1610 la Virgen anuncia una futura corrupción moral, «porque Satanás reinará casi completamente a través de sectas masónicas».

 

El 7 de abril de 1913 el padre Pío escribe al director espiritual que ha recibido la visita de Jesús angustiado, que le ha hablado de los sacerdotes «carniceros». El Santo comenta: «¡Cuántos desgraciados hermanos nuestros corresponden al amor de Jesús arrojándose con los brazos abiertos a la infame secta de la masonería!». A diferencia de lo que cardenales y obispos hoy se niegan a aceptar, el padre Pío había comprendido muy bien que en la base de la crisis en la Iglesia no está el Concilio, sino la masonería vaticana que lo ha manipulado. Cuando las palabras del padre Pío confiadas al padre Amorth sobre la falsa iglesia al servicio de Satanás no habían sido aún referidas, porque habrían parecido demasiado atrevidas, la Virgen las confirmaba a don Stefano Gobbi:

 

«La tarea de las Logias masónicas es la de obrar hoy, con gran astucia, para llevar por todas partes a la humanidad a despreciar la santa Ley de Dios, a obrar en abierta oposición a los diez Mandamientos, a sustraer el culto debido al único Dios, para darlo a falsos ídolos, que son exaltados y adorados por un número cada vez mayor de hombres: la razón; la carne; el dinero; la discordia; el dominio; la violencia; el placer» (3 de junio de 1989).

 

«Hijos predilectos, hoy recordáis mi segunda aparición, ocurrida en la pobre Cova da Iria en Fátima, el 13 de junio de 1917. Ya desde entonces Yo os he predicho cuanto estáis viviendo en estos tiempos. Os he anunciado la gran lucha entre Mí, Mujer vestida de sol, y el enorme Dragón rojo, que ha llevado a la humanidad a vivir sin Dios. Os he también predicho el trabajo sutil y tenebroso, cumplido por la Masonería, para apartaros de la observancia de la Ley de Dios y haceros así víctimas de los pecados y de los vicios. Sobre todo, como Madre, he querido advertiros del gran peligro que amenaza hoy a la Iglesia, a causa de los muchos y diabólicos ataques que se realizan contra Ella para destruirla […] Esta infiltración masónica, en el interior de la Iglesia, ya os ha sido por Mí predicha en Fátima, cuando os anuncié que Satanás se introduciría hasta el vértice de la Iglesia. Si la tarea de la masonería es conducir las almas a la perdición, llevándolas al culto de falsas divinidades, el objetivo de la masonería eclesiástica es en cambio el de destruir a Cristo y su Iglesia, construyendo un nuevo ídolo, es decir, un falso Cristo y una falsa Iglesia» (13 de junio de 1989).

Es interesante saber que en las profecías el mensaje no se refiere a los grandes males causados por el «gnosticismo» (del cual se habla también demasiado), sino de los procurados por el Príncipe de las tinieblas. El problema no es la relación entre gnosticismo y masonería, sino entre masonería y Satanás. Hoy, para quien tenga oídos para entender, las palabras de la Virgen reveladas a don Gobbi hace casi cuarenta años, son de una actualidad desconcertante:

 

«Satanás ha logrado entrar en la Iglesia, nuevo Israel de Dios. Ha entrado con el humo del error y del pecado, de la pérdida de la fe y de la apostasía del compromiso con el mundo y de la búsqueda de los placeres. En estos años ha logrado seducir a obispos y sacerdotes, religiosos y fieles. Las fuerzas masónicas han entrado en la Iglesia, de manera sutil y oculta, y han puesto su baluarte en el mismo lugar donde vive y obra el Vicario de mi Hijo Jesús […] Se está realizando cuanto está contenido en la tercera parte de mi mensaje, que aún no os ha sido desvelado, pero que ya es manifestado por los mismos acontecimientos que estáis viviendo» (13-5-1993).

 

«Ya la Iglesia es llamada a vivir las horas de su pasión y de su cruenta inmolación […] Anuncia sin temor que el gran castigo ya ha comenzado y que, para ser salvados, debéis entrar lo antes posible en el refugio seguro de mi Corazón Inmaculado» (15-9-1994).

 

Exactamente así: Jesús fue crucificado, y su Iglesia hoy está sufriendo la misma suerte. En 1951 una niña de ocho años recibió de la Virgen una parte del Secreto de Fátima: «Cuando Satanás llegue a la cúspide de la Iglesia, sabed que entonces logrará seducir los espíritus de los grandes científicos y ese será el momento en que ellos intervengan con armas potentísimas que es posible destruir gran parte de la humanidad». Esta niña se llamaba Teresa Musco, recibirá muchas confidencias por parte del Señor y se convertirá en una mística de la Pasión como el santo de Pietrelcina. Después de tres años, otra estigmatizada mística de la Pasión como sor Elena Aiello, recibirá esta profecía: «El mundo está hundido en una corrupción desbordante… Quienes gobiernan se han convertido en verdaderos demonios encarnados, y mientras hablan de paz, preparan las armas más mortíferas… para destruir pueblos y naciones… Rusia marchará sobre todas las naciones de Europa, particularmente sobre Italia y alzará su bandera sobre la cúpula de San Pedro».

 

En los años 80 del siglo pasado, una joven keniana de escasa cultura como Anna Hadija Ali, en la lejana África no podía ciertamente saber qué estaba sucediendo en el Vaticano, pero es Jesús mismo quien la informa: «Las manos de la masonería están colmadas de propósitos malignos. Se han acordado para abolir la misa. ¡Qué dolor! Satanás está entre sus filas» (19-1-1988). Poco después recibe otro mensaje muy similar: «Mi dolor es lacerante. Los masones se lanzan contra la Iglesia, Satanás trabaja incansablemente y quiere la victoria, usa a los Míos… para abolir el santo sacrificio de la Misa» (23 de febrero).

 

Estos mensajes celestes sobre la presencia de Satanás en la Iglesia y en el mundo son una clave de lectura fundamental, sin la cual es imposible comprender la confusión doctrinal en la cual estamos actualmente inmersos; y es precisamente esta falta de conciencia la que suscita «bezzecole», «quisquilie» y «pinzillacchere».

 

Las profecías citadas contienen también otro mensaje inquietante: la presencia de los demonios en el Vaticano es directamente proporcional al desarrollo de la falsa iglesia y, en consecuencia, al Mal que avanza en el mundo.

 

Malachi Brendan Martin era un jesuita muy culto, experto en lenguas semíticas y en posesión de varias otras especializaciones. Desde 1958 se convirtió en secretario del cardenal Bea, y estaba presente cuando fue leído el Tercer secreto de Fátima en presencia de Juan XXIII. Martin quedó tan conmocionado por la reacción del Pontífice que abandonó a los jesuitas, dejó temporalmente el ministerio sacerdotal y se puso a trabajar como lavavajillas en Nueva York. Martin había jurado al cardenal Bea no revelar el Secreto; sin embargo, siendo un prolífico escritor, ha dejado trascender algunos aspectos en sus novelas que cuentan también un poco de historia, como el ritual celebrado en la Capilla Paulina en presencia de algunos cardenales el 29 de junio de 1963, para la intronización de Satanás en el Vaticano.

 

En el libro «Las llaves de esta sangre», el sacerdote describe el cisma en la Iglesia con continuas referencias a la masonería, y en particular a la vaticana: «Algunos obispos y prelados junto con sus asistentes se han elevado a sí mismos como anti-Iglesia dentro de la Iglesia […] Los católicos verán entonces el espectáculo de un Papa válidamente elegido que separará el entero cuerpo de la Iglesia».

 

En el libro de 1998 «La casa barrida por el viento», Martin escribe: «Los grupos neocatólicos, con los obispos como sus portavoces, han dado gracias a Dios en público de que un Papa tan inadaptado había finalmente decidido quitarse de en medio para el progreso de la Iglesia […] Sé que debe haceros temblar oíros decir esto, pero mis palabras no son otra cosa que un recordatorio de la descripción de vuestro pontificado, hecha por la Santísima Virgen, un eco de su descripción de vos como «el último Papa de estos tiempos católicos»».

 

El protagonista de esta novela es Juan Pablo II, pero está claro que el «Papa inadaptado que se quita de en medio… el último Papa» no puede ser otro que un futuro Papa; en efecto, cuando Seewald preguntó a Benedicto XVI si podía ser él el último Papa, se oyó responder: Todo puede ser. Me doy cuenta de demoler las teorías de Andrea Cionci —quien precisamente por esto teme citarme—, pero sin ironía o espíritu de contienda, lo invitaría a ponerse el ánimo en paz, porque de profecías tenemos varias y dicen la misma cosa: Benedicto XVI ha sido el último Papa, y el próximo legítimo Pontífice no será elegido por un Cónclave; además será muy diferente de los que hemos visto hasta ahora. Aconsejaría al excelente periodista Cionci cambiar el tiro, porque insistir en que Parolin debería ya haber revelado los engaños de los Cónclaves que han elegido inválidamente a Bergoglio y Prevost, se está transformando en pura ideología acompañada de síntomas demagógicos.

 

A propósito de masonería, una última consideración sobre el viaje a Francia de León XIV.

 

En el discurso pronunciado en el Elíseo, después de haber afirmado que la Ilustración ha llevado al «reconocimiento de los derechos del hombre insitos en la naturaleza de la persona humana, en particular la libertad religiosa», León XIV ha recordado que las palabras del lema nacional Libertad, igualdad y fraternidad, «encuentran también en el mensaje evangélico una fuente inagotable de inspiración y de realización», olvidando que el mismo lema es patrimonio celoso de la masonería, como ha recordado el Gran Maestro Stefano Bisi en la alocución pronunciada el 11 de septiembre de 2020 en Rimini, en la Gran Logia del Gran Oriente de Italia, elogiando la encíclica de Francisco Fratelli tutti: «Desde hace más de 300 años el principio de Fraternidad está escrito de manera indeleble en el trinomio masónico colocado al Oriente en los templos junto con los de Libertad e Igualdad». La masonería siempre ha remedo del cristianismo, y es obvio que en su estrategia el trinomio asuma una valencia netamente antievangélica. Es cierto que por desgracia también Juan Pablo II ha dicho cosas similares; de todos modos, estas declaraciones de Prevost dan la impresión de un aprecio por la política anticristiana de un Estado cuna de la «laicité».

Después del baño de multitud entusiasta vivido por León XIV, retomando las palabras de Prevost, Vatican News exaltaba el viaje como «renacimiento de la fe», mientras que en cambio no solo las iglesias han quedado vacías, sino que el 1 de octubre ha tenido inicio una violenta guerrilla urbana, organizada por la extrema izquierda y los islamistas, que no llamaría «protesta», sino «ensayos de revolución».

En cuanto a Macron, en noviembre de 2023 pronunció un discurso en la sede del Gran Oriente de Francia, y en mayo de 2025 hizo una visita a la Gran Logia de París, exactamente una semana después de haber recomendado a los cardenales franceses elegir un Papa en línea con Francisco. Como ya había hecho con Bergoglio, Macron ha posado el brazo sobre los hombros de León XIV como si hubiera sido un compañero de partido; no solo se ha tratado de un gesto irreverente que nunca se habría permitido hacer con un legítimo Papa, sino de un acto que manifiesta superioridad e invita a la sumisión: Recuerda por qué has sido elegido, y lleva a término la misión que te ha sido encomendada.