A un año de la desaparición de papa Francisco, de seguro está la división que su pontificado produjo. Fue una laceración dramática dentro de la Iglesia también por sus métodos de gobierno autoritarios. Sus intenciones habrán sido buenas, pero él estaba claramente desprevenido e inadecuado para esa grave tarea. De hecho dejó una Iglesia muy confusa y con muchas ruinas. Después del pontificado heroico de Juan Pablo II (de gran carisma y arrebatadora pasión por Cristo) y el de Benedicto XVI (pastor de doctrina extraordinaria, mansedumbre y fe profunda), con Bergoglio los católicos se encontraron primero desorientados, luego durante años en un desierto, confundidos por enseñanzas extrañas y nunca antes escuchadas. Finalmente tuvieron la sensación de encontrarse en tierra hostil, frecuentemente blanco de los duros ataques de quien debería haber sido su pastor.

De hecho los medios laicistas lo aplaudieron y exaltaron durante doce años con entusiasmo. No porque con Bergoglio hubieran descubierto el cristianismo (ninguna conversión), sino por la razón opuesta: se habían convencido de que el Papa les confirmara sus ideas. Obviamente progresistas. No es casualidad que Alain Finkielkraut lo definiera «Sumo Pontífice de la ideología periodística mundial». El profesor Loris Zanatta, especialista en América Latina, profundizó su formación y en su biografía de Francisco, escribe «Bergoglio es incomprensible sin el peronismo». De ahí viene esa mezcla de Derecha/Izquierda que lo caracterizaba y se expresaba como demagogia populista que políticamente era anti occidental. El mismo Zanatta escribió otro libro esclarecedor, El populismo jesuita. Perón, Fidel, Bergoglio. El verdadero líder del populismo mundial de la década pasada fue precisamente el Papa argentino y es gracioso que justamente los medios, siempre en busca de «populistas» para demonizar los partidos adversos a lo políticamente correcto, hayan aclamado al campeón mundial del populismo.

Para los postcomunistas fue como un mesías. Massimo D'Alema lo definió incluso como «el principal líder de la izquierda en la escena mundial». En efecto Bergoglio – cuya elección fue al menos deseada y celebrada por la administración Dem americana – logró fusionar su mentalidad populista con la agenda de la presidencia Obama, que había sido conflictiva con el pontificado de Benedicto XVI (que había señalado con el dedo la «dictadura del relativismo»). Un experto super partes como Maurizio Molinari hace un año explicaba: Bergoglio «fue un Papa que desde el principio transformó el mensaje de Barack Obama en un mensaje global. Desde 2013 lleva al mundo lo que en aquel momento era el mensaje de Barack Obama». No el mensaje de Cristo, sino el de Obama. ¿Cómo fue posible, vista la mentalidad anti-yanqui del Papa argentino? En efecto Lucio Brunelli en Repubblica escribió que «el cardenal Bergoglio se jactaba (antes de la elección) de nunca haber pisado la patria de los yanquis». Hostilidad hacia Estados Unidos amplificada por la antipatía hacia el episcopado Usa que consideraba ratzingeriano/wojtyliano.

Pero Obama preparó el terreno para ese fenómeno anti-Occidente que se expresó en la ideología woke de las universidades americanas. Y, no es casualidad, Obama fue acusado por los republicanos de ser demasiado remiso hacia el islamismo político y demasiado blando con Irán, así como con China que en sus años conquistó muchas posiciones, haciéndole perder al Occidente. Es el mismo horizonte geopolítico del papa Bergoglio el cual abría los brazos al mundo islámico y con el régimen chino firmó un Acuerdo que para la Iglesia fue una rendición total.

El papa argentino además invirtió la perspectiva de Wojtyla y Ratzinger, que querían resucitar las raíces cristianas de Europa. Para él eran sospechosas de «triunfalismo» y «colonialismo». Europa, para Bergoglio, debía solo derribar las fronteras y acoger ríos de migrantes en una perspectiva multiculturalista. Que esto pudiera significar islamización de Europa no le preocupaba. Por lo tanto su pontificado para la Iglesia fue devastador. No es casualidad que acaba de salir un volumen titulado The Disastrous Pontificate. Pope Francis' Rupture from the Magisterium de Dominic J. Grigio que, en cientos de páginas, examina minuciosamente doce años de palabras y gestos del pontífice argentino.

El efecto es impactante. Tres importantes intelectuales católicos lo han evaluado así: «En este masivo volumen encontramos un catálogo completo de los modos en que el difunto Pontífice confundió a los fieles, junto con una defensa de las verdades que él socavó» (Philip. F. Lawler). «Metódico, imparcial y caritativo, este libro rinde testimonio precioso de lo que ha sido ciertamente, desde el punto de vista doctrinal, el Pontificado más desastroso de toda la historia de la Iglesia Católica» (Claudio Pierantoni). «Escrito por un autor inmensamente docto en teología, colmado de un intenso amor por la Iglesia... este libro demuestra sin sombra de duda la neta contradicción entre las enseñanzas de Francisco y las del Evangelio, del Magisterio auténtico de la Iglesia y de los más grandes Papas y teólogos del pasado» (Josef Seifert). Probablemente es por su desbordante protagonismo que el sucesor, León XIV, apenas elegido, ha declarado el propósito de «desaparecer para que permanezca Cristo, hacerse pequeño para que Él sea conocido y glorificado».