Es siempre revelador observar a los autores que algunos medios católicos eligen destacar. Cuando una tribuna cuestiona, aunque sea indirectamente, una enseñanza definida por el Magisterio, no se trata de un simple ejercicio académico, sino de una auténtica empresa de desconstrucción ideológica.
Patrice Dunois-Canette no es ajeno a este tipo de textos. Ya en 2020, en Le Monde, pedía a la Iglesia que rompiera con lo que calificaba como «rechazo al debate», denunciando un supuesto «orden sagrado», la «división entre los sexos» o incluso una Iglesia que viviría esencialmente «por» y «para» el culto. La tribuna publicada hoy se enmarca en esta continuidad. Entonces, cabe preguntarse: ¿en qué beneficia este tipo de publicaciones a la misión de la Iglesia? ¿Cómo contribuye a anunciar a Cristo, a suscitar conversiones, a suscitar vocaciones o a transmitir fielmente el depósito de la fe? ¿O sirve, ante todo, para importar en la Iglesia las reivindicaciones ideológicas de nuestro tiempo? Porque el verdadero vuelco está ahí.
Durante veinte siglos, la teología católica ha partido de la Revelación para iluminar las realidades humanas. Hoy, algunos proponen lo contrario: partir de categorías sociológicas, jurídicas y políticas contemporáneas para releer las Escrituras, la Tradición y los sacramentos. La pregunta ya no es: «¿Qué revela Dios?», sino: «¿Responde esta doctrina a las exigencias modernas de igualdad?»
Sin embargo, la Revelación no es un material que cada generación pueda remodelar a su antojo según las sensibilidades del momento. El autor afirma no hacer más que plantear «cuestiones teológicas». No obstante, el punto de partida de su razonamiento es explícitamente el de la igualdad entre hombres y mujeres, presentada como un horizonte al que la Iglesia debería responder. Ya no asistimos a una reflexión puramente teológica, sino a una lectura de la fe a través de categorías propias de las ciencias sociales contemporáneas.
La demostración reposa, además, en una comparación que no resiste al análisis. Si Cristo es asimismo llamado Cordero, Pastor, Puerta o Luz, ¿por qué la figura del Esposo habría de revestir una significación particular para el sacerdocio? La respuesta es sencilla: porque la Iglesia nunca ha considerado todas las imágenes bíblicas como equivalentes. La relación nupcial entre Cristo y su Iglesia atraviesa toda la historia de la salvación, desde los profetas hasta el Apocalipsis. No constituye una metáfora entre otras, sino que expresa el misterio mismo de la Alianza. Por ello, el sacerdote actúa in persona Christi Capitis: representa sacramentalmente al Cristo Cabeza y Esposo de su Iglesia, según el signo querido por Cristo mismo.
El autor compara también la masculinidad de Cristo con su pertenencia al pueblo judío, al estimar que si el sacerdocio no está reservado a los judíos, tampoco debería estarlo a los hombres. Una vez más, la comparación engaña. La Iglesia nunca ha enseñado que el origen étnico de Jesús formara parte del signo sacramental. En cambio, ha enseñado constantemente, desde los Apóstoles hasta Inter Insigniores y luego Ordinatio Sacerdotalis, que no ha recibido del Cristo ningún poder para conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres. Esta cuestión ya no está abierta en el plano doctrinal.
En el fondo, esta argumentación revela una nueva antropología. Toda diferencia de función se interpreta inmediatamente como una desigualdad de dignidad. Es, precisamente, el postulado de la ideología igualitarista contemporánea: allí donde exista una distinción, debería necesariamente repararse una injusticia. La fe católica afirma exactamente lo contrario.
En la Iglesia, la dignidad nunca surge de una función. Si tal fuera el caso, la Virgen María —que nunca recibió el sacerdocio ministerial— sería inferior a los apóstoles. Sin embargo, ella es la más grande de todas las criaturas, Reina de los Apóstoles y modelo de toda santidad. Este único hecho basta para demostrar que la ausencia de ordenación no implica inferioridad alguna.
El auténtico desafío va mucho más allá de la cuestión del sacerdocio femenino. Radica en saber si la Iglesia debe seguir recibiendo humildemente la Revelación como un don o si debe ir adaptando progresivamente su enseñanza a las categorías intelectuales dominantes. La historia muestra, sin embargo, que cada vez que el cristianismo ha tratado de adoptar las ideologías de su tiempo en lugar de evangelizarlas, ha perdido su fuerza profética. La fidelidad a la Tradición no consiste en adaptar a Cristo al mundo, sino en dejar que Cristo juzgue al mundo.
Es, precisamente, porque la Iglesia cree en la dignidad igual de hombres y mujeres por lo que rechaza confundir igualdad con uniformidad.
Las vocaciones son diversas, las misiones distintas, pero todas están ordenadas al único Cuerpo de Cristo. He aquí la verdadera novedad del Evangelio, bien alejada de las categorías ideológicas que algunos pretenden erigir hoy en nueva norma teológica.
*En Tribune Chrétienne, solicitamos con regularidad a sacerdotes diocesanos, religiosos y teólogos de sensibilidades diversas con el fin de esclarecer los grandes debates que recorren a la Iglesia. Algunos optan por publicar bajo anonimato, no por ocultar sus convicciones, sino para preservar la libertad de su ministerio, evitar presiones o polémicas personales.