Análisis del mensaje de la Comunidad de Texas "Separaos del veneno"

El mensaje atribuido al Espíritu Santo a través de la hermana Amapola, difundido por la Comunidad de la Divina Misericordia en Texas (EE.UU.), donde está el padre John Foster, ha generado una gran confusión y división entre los católicos que consideran que el verdadero papado canónico terminó con Benedicto XVI. Sus defensores priorizan lo subjetivo sobre la doctrina ya asentada de la Iglesia, el Magisterio y el Catecismo, que enseñan que, al haberse cerrado la Revelación pública, no se puede admitir un nuevo nombre para el Espíritu Santo.

Como enseña el Catecismo en su número 691:

"‘Espíritu Santo’ es el nombre propio de Aquél que adoramos y glorificamos con el Padre y el Hijo. La Iglesia lo ha recibido del Señor y lo profesa en el bautismo de sus nuevos hijos."

Si la Iglesia lo ha recibido del Señor, cualquier otra denominación es inadmisible, ya que, como señala el número 66 del Catecismo:

"La economía cristiana, por ser la Alianza nueva y definitiva, nunca pasará; ni hay que esperar ninguna nueva revelación pública antes de la gloriosa manifestación de nuestro Señor Jesucristo."

Aunque la Revelación esté acabada, no está completamente explicitada; corresponderá a la fe cristiana comprender gradualmente su contenido a lo largo de los siglos. Que se pueda entender lo ya revelado es lo que confunden los defensores de esta nueva nomenclatura para el Espíritu Santo, un burdo y garrafal error. Puesto que no se puede añadir nada nuevo, como pretenden con este nuevo nombre.

El Catecismo, en el número 67, advierte explícitamente que la fe cristiana no puede aceptar revelaciones que pretendan superar, corregir o añadir doctrina a la Revelación de la que Cristo es la plenitud (como ocurre en ciertas sectas o religiones posteriores, y ahora está ocurriendo con la Comunidad de Texas y sus seguidores, que pasan por encima del Magisterio eclesial).

Ver el video aquí: https://www.youtube.com/watch?v=lmRCf0Ng_gw


Reflexiones sobre el mensaje

Queridos amigos y amigas,

Agradezco a Arturo, periodista católico, por brindarme este espacio para comentar algunos aspectos que considero importantes para todos aquellos que quieran analizar estos mensajes.

Hay tres cosas que quiero destacar:

En primer lugar, nos encontramos ante una revelación privada. Una revelación privada no obliga a creer con fe divina y católica. Hay que saber distinguir entre lo que es la Revelación pública (con mayúscula) y la revelación privada.

La Revelación pública, digamos con mayúscula, es todo lo que el Señor, la Santísima Trinidad, ha enseñado, manifestado y dado a conocer a través de lo que se conoce como el depósito de la fe, y que concluyó con la muerte del último apóstol, es decir, con la muerte del apóstol San Pablo.

Por lo tanto, después de la muerte del último apóstol, no hay más elementos nuevos que se puedan añadir a la Revelación. Esto no es discutible: ha sido definido dogmáticamente por la Iglesia. La Revelación pública, a la cual estamos todos obligados a creer con fe divina y católica, terminó con la muerte del apóstol San Pablo.

Por eso, todo lo que ha seguido después, hasta el día de hoy y hasta el final de los tiempos, no podrá añadir ningún elemento nuevo al depósito de la fe. Se puede profundizar en su comprensión, pero no se puede cambiar ni quitar.

La misión de la Iglesia es custodiar el depósito de la fe. Como bien lo expresó San Vicente de Lerins en su obra Commonitorium (o Aduana), cuando se pregunta: "¿En qué manera progresa la teología? ¿En qué manera progresa el conocimiento que tenemos de la Revelación?"

La respuesta es clara: no hay cambio, no hay transformación, solo hay una profundización en la comprensión de lo que ya ha sido revelado, aunque explícitamente no esté formulado. Por ejemplo, en el caso de la Inmaculada Concepción, el concepto ya estaba presente en la Revelación, aunque la fórmula no se haya definido explícitamente hasta el siglo XIX.

Aquellos que sostienen que en las revelaciones privadas se añade algo nuevo, se equivocan gravemente. La teología no añade nada nuevo al depósito de la fe, sino que profundiza en su comprensión.

La misión del Magisterio es, precisamente, profundizar en el mundo de lo que ya ha sido revelado, para que podamos comprender mejor lo que Dios ha dado a conocer a los hombres a través de la Revelación pública.

Las revelaciones privadas, como han definido y estudiado numerosos teólogos, son una ayuda que Dios da para que comprendamos mejor las cosas que ya están contenidas en el depósito de la fe. No añaden nada nuevo, pero pueden ayudarnos a entender mejor lo que ya ha sido revelado.

Por eso, no estamos obligados a creer en las revelaciones privadas, aunque podamos aceptarlas con una fe humana, como una ayuda para nuestra vida espiritual.

El primer punto que debemos tener presente es este: quien decide no aceptar o no creer en estas presuntas manifestaciones divinas en la Comunidad de la Divina Misericordia en Texas, no comete pecado. Se pueden criticar, se pueden discutir, porque ni siquiera están definidas aún por la Iglesia.

Las definiciones definitivas de la Iglesia sobre estas manifestaciones solo se dan después de que han concluido, cuando la autoridad competente estudia detenidamente su contenido, su autenticidad y su conformidad con la fe. Mientras tanto, cuando estas manifestaciones están en curso, debemos ser prudentes, muy prudentes.

¿Por qué? Porque hay cosas muy importantes. El demonio puede infiltrarse y aprovecharse de estas situaciones para engañar. Si en este momento alguien afirmara que estas revelaciones son auténticas y, al día siguiente, el demonio se manifestara con una apariencia similar a la de un ángel de luz, diciendo cosas que no corresponden con la verdad, quedaría como que la Iglesia avala doctrinas que no son conformes a la Revelación.

San Máximo el Confesor, en su obra Vida de María (número 125), profetizó:

"Por medio de la Virgen, el león rugiente fue corrido del trono."

Por eso, la Iglesia espera a que estas manifestaciones concluyan para dar un juicio definitivo. Mientras tanto, podemos intervenir antes de que concluyan diciendo que no es así.

Para que se entienda mejor, pongo un ejemplo: una persona me dice que, desde hace un mes, tiene manifestaciones de la Virgen. Le pregunto: "¿Y cómo se le aparece?" Me responde: "La Virgen se me aparece vestida en bikini, con los ojos claros y una nariz muy llamativa." Le digo: "No, no puede ser la Virgen. La Virgen no se aparece en bikini, ni con una nariz llamativa, ni con doctrinas que ya están definidas. Si usted toma demasiado café y el cerebro no le funciona bien, eso no viene de Dios. Les puedo asegurar que esto no viene de Dios."

Así que, aunque haya elementos positivos en un mensaje, si hay uno que no cuadra, podemos afirmar con seguridad que ese mensaje, al menos este, no viene de Dios.

No es un juicio sobre la moralidad o las intenciones de la hermana Amapola o del padre John Foster. No hay ningún juicio sobre su moralidad o sus intenciones. Simplemente se juzga el contenido del mensaje.

Hay demasiados elementos que no encajan. Si ya hay uno que no cuadra, y aquí hay varios, podemos afirmar con seguridad que esto no viene de Dios.

Aunque el demonio también pueda decir verdades, las utiliza para conducirnos al engaño. Como advirtió San Ambrosio de Milán, hay que tener cuidado porque el demonio conoce las Escrituras, aunque no las acepte ni las entienda plenamente. Por eso, nuestro Señor Jesucristo, cuando expulsaba a los demonios, les decía: "Yo sé quién eres, el Santo de Dios", y no dialogaba con ellos.

Si este mensaje no viene de Dios, sino del demonio, podría servir para anular todas las verdades que se han dicho antes, para que la gente deje de creer en cualquier verdad. Por eso, debemos ser muy cautelosos.

En los últimos tiempos, como anunció el Señor, muchos vendrán en su nombre diciendo: "Yo soy el Mesías", y engañarán a muchos. Por eso, tengamos mucha atención.

Espero que estas reflexiones les ayuden a comprender mejor lo que estamos viviendo. Tengamos mucha cautela, porque se están multiplicando canales en YouTube y otros medios que difunden supuestas revelaciones, personajes que aparecen por todas partes de manera masiva, afirmando cosas falsas.

Tratemos de abrazar lo que ya está definido, lo que está claro, y sobre todo, en el caso de las revelaciones privadas, aceptemos solo aquellas que han sido confirmadas o al menos toleradas por la Iglesia a través de sus legítimas autoridades.

Del resto, tengamos una sana desconfianza, porque estos son tiempos de mucha confusión. La Escritura, en el libro del Apocalipsis, advierte sobre una gran potencia de engaño para estos tiempos.

Que Dios los bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.