En Villanueva del Río y Minas, pequeña localidad de la provincia de Sevilla, un sacerdote católico se ha convertido en pocos días en el blanco de protestas y una campaña de denuncia pública. Su falta? Haber explicado a un feligrés que ya no podría recibir la comunión debido a su situación de vida, al estar éste "casado" civilmente con otro hombre. Según el testimonio de José Antonio Hurtado, el sacerdote lo habría apartado después de la misa del 30 de mayo para anunciarle que ya no le daría la Eucaristía en el futuro.

Pero detrás de esta polémica local se esconde una pregunta mucho más profunda.

En realidad, no es este sacerdote andaluz quien hoy está en el banquillo de los acusados. Detrás de su persona, es la enseñanza bimilenaria de la Iglesia sobre la moral sexual la que está en el punto de mira. Su verdadero error no ha sido proferir palabras injuriosas, sino negarse a hacer creer que la Iglesia enseña ahora lo contrario de lo que siempre ha enseñado. Desde hace varios años, una parte de la opinión parece considerar que la doctrina católica solo es aceptable con la condición de no ser aplicada. Mientras permanezca encerrada en los libros, es tolerada. Pero que un sacerdote se atreva a sacar las consecuencias concretas en la vida pastoral, y la polémica estalla de inmediato. El Catecismo de la Iglesia católica recuerda, sin embargo, que las personas con atracción hacia el mismo sexo « deben ser acogidas con respeto, compasión y delicadeza » y que « toda marca de discriminación injusta hacia ellas será evitada » (CEC 2358). Al mismo tiempo, el mismo Catecismo enseña sin ambigüedad: « Apoyándose en la Sagrada Escritura, que los presenta como depravaciones graves, la Tradición ha declarado siempre que los actos de homosexualidad son intrínsecamente desordenados. Son contrarios a la ley natural. Cierran el acto sexual al don de la vida. No proceden de una complementariedad afectiva y sexual verdadera. No pueden recibir aprobación en ningún caso » (CEC 2357).

Es precisamente esta realidad la que muchos se niegan a escuchar hoy. Porque, en el fondo, lo que escandaliza a algunos no es que un sacerdote haya aplicado la doctrina católica. Lo que les escandaliza es que esta doctrina siga existiendo.

La comunión no es un simple gesto de acogida o convivialidad. Para los católicos, es el Cuerpo de Cristo realmente presente en la Eucaristía. Recibirla supone una comunión no solo sacramentaria, sino también moral con la fe de la Iglesia. Desde los orígenes del cristianismo, la Iglesia ha enseñado siempre que una persona que vive públicamente en una situación objetivamente contraria a su moral no puede pretender que esta situación sea validada por la recepción de la comunión.

Lo que sorprende en este asunto es la rapidez con la que el debate se ha desplazado. Casi nadie discute el fondo de la enseñanza católica. Toda la atención se centra en el sacerdote que se ha atrevido a recordarla. Como si el problema ya no fuera la conformidad con la doctrina, sino la existencia misma de esta doctrina. El caso de Villanueva del Río y Minas supera, por tanto, el marco de una parroquia andaluza. Revela una tensión creciente en el seno del catolicismo occidental. Por un lado, los que estiman que la Iglesia debe adaptar su enseñanza a las evoluciones de la sociedad. Por otro, los que recuerdan que no ha recibido misión de seguir el aire del tiempo, sino de anunciar el Evangelio, incluso cuando este molesta. Porque si recordar el Catecismo basta ahora para desencadenar manifestaciones, denuncias públicas y acusaciones de discriminación, entonces la pregunta ya no es solo la de la comunión. Es la libertad misma de la Iglesia de enseñar su fe la que se encuentra, una vez más, en el banquillo de los acusados.