Muchos fieles laicos se indignaron, y algunos presentaron objeciones formales ante sus obispos, todo en vano. El Dr. Ralph Northam, por entonces gobernador demócrata de Virginia, se limitó a mofarse diciendo que la gente podía rezar en cualquier sitio, así que ¿cuál era el problema? Mientras tanto, Northam veía con buenos ojos el aborto tras el nacimiento, mantenía abiertas las tiendas de licores y protegía los abortorios, deteniendo a los manifestantes provida que se atrevían a congregarse en el exterior.

Después de todo, estaban violando la regla obligatoria de Fauci de los «seis pies de distanciamiento social».

Sí, Fauci gobernaba; pero, viéndolo bien, ¿qué podían hacer los obispos de Virginia?

Con el pretexto de las acusaciones de abusos sexuales clericales y su encubrimiento, el fiscal general demócrata Mark Herring había adquirido los expedientes confidenciales de personal de cada sacerdote católico de la Mancomunidad de Virginia, tanto de la diócesis de Richmond como de la de Arlington. Entre otros informes médicos y psicológicos confidenciales, dichos expedientes contienen cada carta enviada al obispo por cualquier miembro del público que presentara una queja sobre algún sacerdote de su diócesis.

Pero ¿quejándose de qué? El autor podía despotricar sobre cualquier cosa, desde un sermón inquietante o un pésimo organista, hasta la acusación de un acto sospechoso por parte de un sacerdote que pudiera violar las estrictas normas contenidas en la «Carta para la Protección de Niños y Jóvenes» de 2002 de la USCCB respecto a la disciplina de los sacerdotes y diáconos presuntamente infractores.

A principios de 2020, varios estados más llevaban a cabo investigaciones similares, la mayoría de ellas «bajo el radar». ¿Acaso los obispos católicos querían provocar al oso dormido desafiando los mandatos contra la COVID y manteniendo abiertas las puertas de las iglesias?

Pensándolo bien, los obispos de todo el país optaron por el camino aparentemente mejor: «El silencio es oro». Y hoy, el revuelo que rodea las revelaciones sobre Fauci y la indignación ante su negativa a responder han devuelto la crisis al centro del escenario.

Y con justa razón.

Consideremos: Joe Biden, o su bolígrafo automático, indultó a Fauci por todos y cada uno de los delitos que pudiera haber cometido durante su mandato, y fueron muchos. Como resultado, Fauci puede ahora abordar libremente todos los hechos, seguro de que estará protegido de toda repercusión legal. Puede verdaderamente «contarlo todo» y, finalmente, descorrer el velo sobre los horrores que infligió al pueblo estadounidense y, de hecho, al mundo entero.

Porque Fauci era, después de todo, «La Ciencia».

Pero ¿qué pasa con los obispos?

Los obispos católicos de los Estados Unidos se encuentran en una situación sorprendentemente similar. Ellos también enfrentan graves acusaciones que nunca han abordado adecuadamente.

Durante varias décadas, los obispos actuales y sus predecesores han adoptado políticas que han cultivado y perpetuado la homosexualidad entre las filas del clero y, especialmente, de la jerarquía. Esta práctica se ha llevado a cabo durante años, mucho antes de que los «escándalos de abusos sexuales y encubrimiento» salieran a la luz pública hace un cuarto de siglo.

Líderes eclesiásticos desde Joseph Bernardin hasta Theodore McCarrick, Rembert Weakland y Roger Mahony fomentaron esta vil práctica por todo el país durante décadas. Luego promovieron a sus cómplices a lo largo de los rangos eclesiásticos.

Al igual que el gobernador Northam, se mofaron cuando se les recordaron los Diez Mandamientos, los derechos de los laicos, la inocencia de los niños y las exigencias de sus votos consagrados.

Y para sorpresa de todos, eran inmunes a toda acción judicial, al igual que Fauci. Y lo siguen siendo. En 2002 prometieron «dejar atrás los escándalos» y se comprometieron a ofrecer «transparencia y rendición de cuentas» a los laicos. Sin embargo, hoy, al igual que Fauci, sonríen con suficiencia en un silencio arrogante.

Consideremos: solo ellos poseen la autoridad para corregir sus propios errores. Sin embargo, se niegan a hacerlo de manera firme e incluso descarada.

Después de todo, ¿qué pueden hacer los laicos al respecto?: ¿recurrir a otro Lutero o Enrique VIII para que nos libere?

De ninguna manera.

No podemos.

Y no lo haremos.

Nuestros obispos saben que ellos tienen el mando y que no hay absolutamente nada que podamos hacer al respecto. Mahony (sí, todavía es cardenal) se gastó la friolera de mil millones de dólares para mantenerse fuera de la cárcel mientras esperaba que prescribieran los delitos. En enero de 2013, su sucesor, el arzobispo José Gómez, actuando sobre la base de las pruebas que Mahony había ocultado, le prohibió todo ejercicio de funciones administrativas y públicas.

Al igual que Fauci, Mahony lo desafió. «Soy cardenal», se mofó, dando piruetas por toda la arquidiócesis en diversas confirmaciones y actos públicos, publicando pomposamente en redes sociales desde Roma durante el cónclave que eligió al papa Francisco y, finalmente, culminando su triunfo con el cierre santurrón del féretro durante el funeral del papa Francisco.

En conclusión: los obispos han prometido a los laicos «transparencia y rendición de cuentas», mientras que aparentemente no tienen intención alguna de cumplir su solemne promesa.

Al igual que Anthony Fauci, ellos son «la autoridad». Al igual que Fauci, permanecen en silencio. Sin embargo, al igual que Fauci, no tienen preocupaciones: son sus propios jueces. Escriben los cánones con los que se juzgan a sí mismos. Luego nombran a los jueces y forman parte de los jurados, si es que sus atribuladas víctimas consiguen presentar algún caso.

Y tales casos son verdaderamente raros.

Está claro que nuestros obispos no tienen nada de qué preocuparse. No habrá repercusiones. Ni entonces, ni ahora, ni nunca.

Sin embargo, consideremos: pueden hablar con franqueza. Pueden contarlo todo sin temor. Pueden ofrecer toda la transparencia y rendición de cuentas que han prometido y que estamos exigiendo, sin la amenaza de represalia alguna.

Y sin embargo, no lo harán.

Tiene que haber un camino mejor.