Del 7 al 14 de octubre, León XIV ha convocado en el Vaticano a los jefes de las Iglesias orientales y a los presidentes de las conferencias episcopales de todo el mundo, para un encuentro con motivo del décimo aniversario de «Amoris laetitia», la exhortación apostólica con la que su predecesor Francisco cerró el sínodo de 2014-2015 sobre la familia.
Fue un sínodo, aquel, muy disputado. Sobre todo en torno a una cuestión que dividía verticalmente a la jerarquía católica: si se debía permitir o no la comunión eucarística a los divorciados vueltos a casar, hasta entonces siempre prohibida por el magisterio de la Iglesia.
Francisco manifestó, desde el consistorio preliminar de cardenales de febrero de 2014, su clara inclinación por el sí. Pero la oposición de muchos cardenales y obispos fue tal que, al resumir el sínodo en *Amoris laetitia*, se limitó a formular un sí alusivo tan solo en dos notas a pie de página, la 336 y la 351, en las que hipotetizaba para los divorciados vueltos a casar «también la ayuda de los sacramentos» y, en particular, de la eucaristía, que «no es un premio para los perfectos, sino un remedio generoso y un alimento para los débiles».
Con el resultado de que la contraposición entre los dos bandos del sí y del no no se apaciguó, hasta que Francisco quiso zanjarla a su manera, en septiembre de 2016, con una carta de encomio a los obispos argentinos y a su interpretación de *Amoris laetitia* a favor de la comunión para los divorciados vueltos a casar, definida por Francisco como la única interpretación correcta porque «no hay otras»: carta finalmente publicada en los «Acta Apostolicae Sedis» con la calificación de «magisterium autenticum».
De aquel sínodo sobre la familia y del encendido debate que lo animó está a disposición de todos una amplia documentación, tanto oficial como periodística.
A la que, sin embargo, habría que añadir una intervención de gran profundidad y de altísima autoridad, pero hasta ahora nunca tenida en cuenta, también porque permaneció desconocida durante una década: la homilía pronunciada por Benedicto XVI —que había dimitido como papa en 2013, pero que por entonces aún seguía activo en sus escritos y palabras— en la mañana de la apertura de la segunda y última sesión del sínodo sobre la familia, el 4 de octubre de 2015.
Aquella mañana, el misal romano —con casual pero perfecta coincidencia— tenía como pasaje evangélico el inicio del capítulo 10 del Evangelio de Marcos, precisamente aquel en el que a Jesús «algunos fariseos le preguntaban si es lícito a un marido repudiar a su mujer». Y con Jesús respondiendo que «lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre».
Pues bien, en la homilía pronunciada aquel día en su eremitorio vaticano, ante no más de una docena de personas —y que permaneció inédita hasta diciembre de 2025—, Benedicto XVI comenzó haciendo notar que «la liturgia nos propone este Evangelio precisamente el día en que se abre el sínodo», pero añadiendo de inmediato que no quería tocar «problemas hoy tan discutidos», sino su «fundamento», es decir, «qué es el hombre», creado por Dios varón y mujer, como «ser en relación» y, por ello mismo, «imagen de Dios». Con un añadido, en la parte final de la misma homilía, sobre el sentido profundo del celibato eclesiástico.
Cabe destacar que aquella misma mañana de octubre, día inaugural de la segunda sesión del sínodo, también el papa Francisco pronunció su homilía. Y él también evitó aludir a la comunión para los divorciados vueltos a casar, que efectivamente no encontraba en el pasaje evangélico del día ningún apoyo (a menos que se extendiera a los tiempos de la Iglesia aquella condescendencia de Dios hacia la «dureza de corazón» de su pueblo, por la que en tiempos de Moisés se permitía el divorcio, como sostenía, por ejemplo, el patrólogo y biblista Innocenzo Gargano, benedictino camaldulense del monasterio de San Gregorio al Celio y profesor del Pontificio Instituto Bíblico).
Lo cierto es que nadie tuvo noticia de la homilía pronunciada aquel día por Benedicto XVI en su eremitorio sobre los collados vaticanos, para meditarla y hacerla suya en el debate sinodal.
Y he aquí que ahora se ofrece a continuación por Settimo Cielo, a las puertas del «summit» convocado por el papa León con motivo del décimo aniversario de *Amoris laetitia*, reproducida íntegramente con la autorización del dicasterio para la Comunicación y de la Librería Editora Vaticana, que poseen los derechos de autor.
La homilía se reproduce de las páginas 310-315 del volumen «Dio es la verdadera realidad. Homilías inéditas 2005-2017», Librería Editora Vaticana, 2025.
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El hombre, imagen de Dios. Hombre y mujer los creó
por Benedicto XVI
4 de octubre de 2015 – XXVII Domingo del Tiempo Ordinario, Año B
Lecturas: Génesis 2,18-24; Salmo 128; Hebreos 2,9-11; Marcos 10,2-16
Queridos amigos,
precisamente el día en que se abre el Sínodo, la liturgia nos propone este Evangelio, en el que el Señor aclara la voluntad del Creador para el hombre, voluntad que debe valer también en el mundo de la Redención. Pero ahora no querría hablar de problemas hoy tan discutidos, sino de su fundamento, que aparece en la primera lectura y también en el Evangelio: es decir, de qué es el hombre.
Me parece muy bella esta imagen de la Creación, tan ingenua y a la vez tan profunda, que aparece al inicio del segundo capítulo del Génesis, donde el texto dice que Dios modeló al hombre con el polvo de la tierra e, insuflándole en sus narices aliento de vida, se convirtió en un ser viviente (cf. Gén 2,7). Este modelar con el polvo de la tierra un cuerpo que sea hombre implica todo el proceso de la evolución, nos hace entender cómo Dios, paso a paso —en el curso del proceso de la vida naciente— va modelando al hombre, formando al hombre, avanzando hacia el hombre, para luego, en el momento oportuno, insuflar en sus narices un aliento de vida. Es también una imagen maravillosa. En el momento oportuno, Dios da un nuevo soplo de vida, no solo la vida biológica como tal, sino su propia vida, en la que Él mismo se hace presente, de modo que este ser nuevo —este ser viviente— lleva en sí el aliento de Dios.
Por eso el hombre es el ser capaz de conocer a Dios. La humanización, el nacimiento de la criatura hombre se presenta en el momento en que el ser es capaz de entender, de conocer a Dios. Dios no solo ofrece cosas útiles que hacer, sino, por encima de todo, ofrece el origen, ofrece su propia esencia. Así, aparece maravillosamente también la misión del hombre, que es la síntesis de la Creación, que lleva en sí todo el camino material, desde el ser de la materia hasta el punto más alto de la vida, donde al fin se encuentra con Dios y el hombre. El hombre lleva en sí este aliento y es precisamente la síntesis de la Creación, es también la misión del hombre: llevar en sí al mundo hacia Dios, hacia la resurrección; dar, por así decir, a la materia la realidad de la presencia del Creador y al Espíritu toda la realidad de la Creación.
Segunda consideración. En el otro texto sobre la Creación, el del primer capítulo del Génesis, Dios dice: «Hagamos al hombre» (Gén 1,26). Este ya es otro detalle de una acción que parece sencilla. Dios no dice simplemente: «Sea el hombre», sino que mantiene un soliloquio consigo mismo; Dios habla consigo, quiere a esta criatura como una criatura querida de modo especial, cercana a Él de manera especial, y la creó —dice— «a su imagen, a su semejanza». ¿Qué significa «imagen de Dios, semejanza de Dios»? Es una gran cuestión, nunca definitivamente aclarada, porque es demasiado rica, demasiado profunda. Aquí solo querría aludir a dos elementos.
El primero es que la esencia de una imagen es guiar hacia otro. La imagen no es una cosa en sí misma, sino que ya representa a una persona, va hacia la persona, lleva en sí la relación con esa persona. Esta es la primera esencia de la imagen, que es relación, que va más allá de sí misma hacia otro, y lleva en sí esa relacionalidad. Así, para el hombre, precisamente esto es esencial: que no está en sí mismo, no está cerrado en sí, sino que está en camino hacia el otro, está relacionado con el otro, debe buscar al otro.
Luego un segundo elemento, que refuerza al primero. El texto dice: «Como hombre y mujer los creó». El hombre nunca existe solo como hombre en abstracto, es hombre y mujer, por lo que existe solo en esta relacionalidad entre hombre y mujer. Aquí también se ve de nuevo que el hombre es creado como ser en relación, el uno para el otro, nunca como solo en sí mismo.
Los Padres, al hablar del hombre como imagen, pensaron también que en la Carta a los Colosenses Cristo es llamado «la imagen de Dios» (Col 1,15): así, al formar, modelar al hombre, el Creador ya tiene en mente a Jesucristo. Por eso, el hombre está hecho según el modelo del futuro Jesús: y lo esencial de Jesucristo es que es Hijo, que no está en sí mismo, sino que está en relación permanente con el Padre; así, en Jesucristo lo esencial es ser proyectado hacia fuera de sí, ser hacia el Otro, hacia Dios. Ahora bien, si el hombre está creado a imagen de Cristo, está creado como hijo e hija, como quien vive solo saliendo de sí hacia el Padre, siendo siempre niño, hijo. Por eso decimos que el hombre está creado en diversos sentidos como ser relacional, como Dios mismo, que no es una sustancia quieta en sí, sino relación: la misma realidad suprema existe solo como relación. El hombre, ser en relación, es imagen de Dios.
El nombre central del ser es Amor; el hombre relacional está creado sobre todo para el amor, creado para salir de sí mismo. Y decimos que la esencia de la sexualidad es precisamente la del don supremo, de llevar al hombre fuera de sí, de crear la atracción hacia el otro, la apertura hacia el otro, y así el hombre se convierte realmente en co-creador con Dios. En otras palabras, el amor integra al hombre en sí mismo, y la sexualidad se hace humana si está personalizada, si sirve al amor.
Si ahora miramos la situación de hoy, vemos que precisamente esta visión del hombre está fundamentalmente negada. Observamos un hecho sociológico: en una gran ciudad como Múnich, se calcula que, más o menos, el 40 por ciento son «solteros», es decir, personas que no se casan, que tienden a permanecer solo para sí mismas y así acaban negando esta visión. Y las teorías del «gender» dan fundamento a esta negación: el hombre no es hombre y mujer, él es cuanto se hace por sí mismo, el hombre creador se hace a sí mismo; el hombre ya no es criatura de Dios, sino producto de sí mismo y decide él quién quiere ser. El hombre ya no está abierto en relación, vive para sí mismo, no reconoce ni acepta ya un vínculo permanente. Un vínculo sería contra su libertad, y el amor acabaría denunciado, porque sería en realidad un vínculo contra su libertad; una decisión definitiva sería incompatible con la libertad del hombre, que siempre permanece desvinculada. La sexualidad, por tanto, ya no sirve para abrir el uno al otro, sino que desde la instrucción de los niños se entiende como un modo de obtener un poco de placer consigo mismos; es decir, ya no es apertura, sino cierre en sí mismos, en el que el hombre vive solo para sí. Pero así el hombre niega su esplendor divino, niega precisamente lo esencial de su creatividad con un concepto de libertad que es falso: es decir, la libertad de poder hacer siempre cuanto se quiere, de no estar nunca vinculado a alguien, a algo. Esto parece el grito de la verdadera divinización del hombre, por la que el hombre se hace a sí mismo, es absolutamente libre, en autonomía permanente.
Ahora no querría entrar en el debate, pero queda una cuestión a la que debemos responder. La Iglesia con el celibato no ha creado al «soltero». El celibato no es eso, no significa que el hombre no se entregue a este vínculo del amor. ¡No! Es lo contrario.
En primer lugar, el celibato no es una negación de la decisión definitiva, en la que el hombre se reserva ser siempre libre. El celibato implica ante todo la audacia, el coraje de la definitividad: una vez por todas me decido, me doy para siempre al Señor y permanezco a su disposición. Reconozco que soy libre, pero solo en la voluntad de Dios me encuentro a mí mismo y para siempre, y solo en este vínculo, que es para siempre, puedo verdaderamente crecer y madurar.
Segundo punto. El celibato no es renuncia al amor, no es renuncia a vínculos, al contrario: es la disponibilidad para el Señor de estar para todos y entrar en este «ser-para» por el Señor, en este existir no para sí, sino para los demás, siempre, en una disponibilidad total. Y así han madurado estos grandes dones para el mundo, personas como la Madre Teresa de Calcuta, como tantos otros en tantos siglos, comenzando con san Pablo, muchos que viven realmente dándose a los demás en una disponibilidad completa. Todo el trabajo por los pobres, por los excluidos, por las personas sin ayuda, todo este compromiso por la evangelización, por darse y perderse a sí mismo, comenzó precisamente así, y así nació este verdadero amor, este don universal, y es cierto lo que dice el Señor: «Dándoos recibís, no solo en el cielo, sino ya en la tierra, el ciento por uno» (cf. Mt 19,27-29).
Queridos amigos, esto es muy importante, ver que el celibato no es cerrarse en sí mismo, sino lo contrario; es precisamente la definitividad de ponerse en sus manos y así ser libres, porque Él nos use como quiere. Veamos la historia del amor cristiano, de los misioneros cristianos, cómo dejaron todo dándose a los demás en África, en América, en Australia, en Asia; solo así se creó esta unión de amor, de fe, de verdad, que en todas las oscuridades del mundo permanece como luz que nos anima a seguir adelante.
En este momento, solo podemos rogar al Señor que abra a los hombres a esta misión del amor, los unos hacia los otros; que nos ayude a ser firmes en la entrega a la voluntad del Señor; que nos ayude a ser verdaderamente amor, a servir, y así, dándonos, recibamos la vida verdadera. «Ayúdanos, Señor, a vivir en esta hora de la historia!». Amén.