El 16 de septiembre el Vaticano publicó el documento Un camino de esperanza: sesenta años de diálogo interreligioso y fraternidad a la luz de la Declaración conciliar Nostra Aetate. Este documento, fruto de la sabiduría de tres Dicasterios pontificios, es muy importante, porque confirma el proyecto de la iglesia sinodal de neutralizar a la verdadera Iglesia de Jesucristo en favor del Diálogo, elevado a divinidad.
En el n. 24 de la Nota leemos: «La perseverancia en el diálogo interreligioso quiere ser la demostración de que el fundamentalismo es una falsificación de las religiones, que se contrapone a su vocación profunda. En un conocido discurso, retomando las palabras de un Emperador bizantino, él (Benedicto XVI) afirmó que «la difusión de la fe mediante la violencia es algo irrazonable. La violencia está en contraste con la naturaleza de Dios y la naturaleza del alma»». Este número retoma el discurso del Papa pronunciado en Ratisbona, el cual sin embargo se refería a los musulmanes, pero eso a la iglesia sinodal no le interesa, y el anuncio del Evangelio queda bajo sospecha de violencia y de un inaceptable fundamentalismo de los cuales está llamado a salvarnos el dios Diálogo. Dado que —rebosante de retórica— en Magnifica Humanitas (25) también León XIV ha estigmatizado el anuncio del Evangelio mediante la violencia, quisiera preguntar al artífice principal de esta Nota, el card. Fernández: en estos últimos siglos, ¿en qué país del mundo la Iglesia católica ha impuesto el Evangelio por la fuerza?
La Nota reproduce el característico estilo sinodal: decir todo, lo contrario de todo, con una marcada atención al engaño. Después de haber relativizado a Jesucristo y de haberlo sustituido por el dios Diálogo, la Nota se propone tranquilizar a los católicos: «No se trata, en verdad, de fundar una gran religión mundial en la que todas las creencias queden aplanadas. Tal posibilidad debe excluirse por respeto a uno mismo y a los demás» (53). Muy incisivo es el número siguiente, donde nuestro querido card. Tucho invita a renunciar a los dogmas, porque hacen sufrir a los más débiles: «Para alcanzar tal meta, es necesario operar una verdadera transformación de las mentalidades: abandonar las lógicas de defensa, de hostilidad o de conquista, para adoptar una actitud abierta, benévola, valiente. Los modelos monolíticos y aislados, que fomentan una visión cerrada de la realidad, resultan cada vez más inadecuados y, en último análisis, fuente de violencia y de sufrimiento para los más débiles». Para recargar la dosis añade: «La defensa irritante de la propia posición y el prosealitismo, como única modalidad de encuentro con “el otro”, ya no tienen sentido en un mundo que se parece cada vez más a una aldea global interconectada y en continua efervescencia». Señalemos el engaño: antes tenía sentido anunciar el Evangelio y hacer prosélitos, pero ahora, en la aldea global interconectada, ya no tiene sentido. Toda la Nota subraya que el anuncio del Evangelio debe ser sustituido por el diálogo: «A quienes se sintieran tentados de insistir exclusivamente en la obligación de anunciar a Cristo, se les recuerda que la Declaración Nostra aetate incluye la necesidad del diálogo con las otras tradiciones religiosas, considerado que ya «forma parte de la misión evangelizadora de la Iglesia»» (22).
En el documento del Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso, Diálogo en la verdad y en la caridad. Orientaciones pastorales para el diálogo interreligioso (2014) encontramos escrito exactamente lo contrario: «Tanto el diálogo como el anuncio constituyen «elementos auténticos de la misión evangelizadora de la Iglesia… íntimamente relacionados, pero no intercambiables»» (39).
Está claro que el espíritu guía de Robert Francis Prevost, es decir, «Papa Francisco», es el verdadero inspirador de este documento; se cita también un discurso suyo de 2019, donde se afirma que el cristianismo tiene mucho que aprender de las otras religiones: «Creo que en este campo las religiones, así como las universidades, sin necesidad de renunciar a sus características peculiares y a sus dones particulares, tienen mucho que aportar y que ofrecer; todo lo que hacemos en este sentido es un paso significativo para garantizar a las generaciones más jóvenes su derecho al futuro, y será también un servicio a la justicia y a la paz». En la iglesia sinodal todo debe quedar «nivelado», tal como en la bellísima poesía de Totò, y también lo que leemos en el n. 22 de la Dominus Iesus se transforma en una pieza arqueológica incapaz de crear diálogo y fraternidad universal:
Con la venida de Jesucristo salvador, Dios ha querido que la Iglesia por Él fundada fuese el instrumento para la salvación de toda la humanidad (cf. Hch 17,30-31). Esta verdad de fe nada quita al hecho de que la Iglesia considere las religiones del mundo con sincero respeto, pero al mismo tiempo excluye radicalmente aquella mentalidad indiferentista «impregnada de un relativismo religioso que lleva a considerar que “una religión vale tanto como otra”». Si es cierto que los seguidores de las otras religiones pueden recibir la gracia divina, es igualmente cierto que objetivamente se encuentran en una situación gravemente deficitaria si se compara con la de aquellos que, en la Iglesia, tienen la plenitud de los medios salvíficos».
A decir verdad, la Declaración de la CDF es citada, pero solo para impedirle decir la «verdad». Según el estilo ya consolidado de León XIV, que he señalado ya varias veces, la «verdad» se agita a diestra y siniestra, pero solo para ser vilipendiada.
En el documento de 2014 citado encontramos escrito: «Para los católicos, el diálogo requiere un conocimiento bastante profundo de la doctrina de la Iglesia, una «fe sólida, y madurez espiritual y humana […] en la medida en que profundizan la propia fe, los católicos serán más capaces de comprender el significado, la necesidad y la importancia de encontrarse con los creyentes de otras religiones»» (31). El mismo concepto es retomado por la Nota en el n. 22, pero en realidad, en lugar de un profundo conocimiento de la doctrina de la Iglesia, revela una crasa ignorancia que hace estremecer a los verdaderos católicos. Esta Nota se «habla a sí misma», instrumentalizando el verdadero Magisterio y usándolo para su propio uso y consumo. Bajo el signo de «todo y lo contrario de todo», en beneficio de los ingenuos se cita también Redemptoris missio de Juan Pablo II, «que reafirma el valor permanente del mandato misionero, seguida de Diálogo y anuncio» (21).
En un artículo anterior publicado en este blog, escribí que muchos cardenales y obispos «viven como Alicia en el País de las Maravillas, a parar en un mundo mágico y lleno de sinsentido»; igualmente se puede decir que se parecen a alienígenas que durante sus viajes espaciales se detienen en Roma para visitar San Pedro, y acaso leen también alguna página del periódico del card. Zuppi, Avvenire. El 27 de julio un periodista de katholisch.de entrevistó a uno de estos alienígenas, pidiéndole una opinión sobre León XIV. El extraterrestre respondió: «Es un hombre cauto y sabio. La elección de su nombre ha enviado una señal clara. Está dando mayor importancia a la colaboración directa de la Curia Romana y expresa su confianza en ella. Al mismo tiempo, reconoce que hay tensiones y dificultades dentro de la Iglesia que deben ser superadas. Reconoce esta realidad y está intentando sanar las heridas existentes con sabiduría. Es evidente una clara línea de razonamiento. Ello se refleja en sus decisiones en materia de personal, así como en sus escritos magisteriales y en sus declaraciones públicas… La tarea más importante de un Papa es ser el primer testigo de Jesucristo. Este es el punto crucial. Debe ofrecer respuestas convincentes, basadas en la fe, a las preguntas del presente. Las críticas serán inevitables, aunque hasta ahora ha recibido reacciones casi exclusivamente positivas».
El periodista sintió curiosidad, preguntó al alienígena si tenía un nombre, y la misteriosa criatura respondió: Georg Gänswein.
Antonio Romano