El amado Papa Francisco, como prefiere definirlo Robert Francis Prevost, era un admirador de la icona del aborto a la italiana Emma Bonino y un defensor de Joe Biden, indiscutible promotor de la industria abortista estadounidense; este último, en 2024, en señal de desprecio por la fe católica, se persignó al conocer las leyes aprobadas por el gobernador de Florida, Ron De Santis, para limitar los abortos.

De igual modo que Bergoglio, que reivindicaba la defensa de la vida humana desde la concepción, pero en la práctica la ignoraba, Prevost repetía los mismos eslóganes citando incluso a la Madre Teresa de Calcuta: «el mayor destructor de la paz es el aborto», sin embargo, sin pronunciar palabra alguna sobre los políticos estadounidenses que pretenden liberalizar el aborto hasta el noveno mes de embarazo. La mayoría de los obispos elegidos por Prevost es indiferente ante el exterminio de los niños y refleja el pensamiento de quienes los nombraron.

Recuerdo que León envió un mensaje a los participantes en la March for Life 2026 de Washington sin hacer la menor referencia a los niños asesinados antes de nacer. Según Prevost, la acogida de los inmigrantes es un problema mucho más serio que el aborto y, para defender al cardenal abortista Cupich, le dijo a un periodista: «Quien dice que está en contra del aborto, pero está de acuerdo con el trato inhumano a los inmigrantes en Estados Unidos, no sé si es realmente pro-life».

Al regresar de México, Bergoglio había afirmado que no podía responder a la pregunta sobre las propuestas en discusión en el parlamento italiano sobre la familia porque «El Papa no se inmiscuye en la política italiana… Porque el Papa es para todos, y no puede meterse en la política concreta, interna de un país: ese no es el papel del Papa», salvo para luego atacar a Trump por su política antiinmigracionista. 

El mismo comportamiento fue el de León, quien durante la diatriba con Trump declaró: «No soy un político… No pretendo entrar en un debate con él». Y sin embargo a Prevost le gusta la política, y mientras tolera el marcado anticristianismo de los países comunistas, en referencia a Trump, el Domingo de Ramos afirmaba que Jesús «no escucha las oraciones de quien hace la guerra», y el 7 de abril calificaba «verdaderamente inaceptable» la amenaza lanzada por Trump contra Irán.

En la oficina del secretario del condado de Will, en el área metropolitana de Chicago, el 3 de octubre quedó registrada la solicitud de Robert Francis Prevost de votar en las elecciones de mitad de mandato. Que un jefe de Estado vote en las elecciones políticas de otro Estado es algo nunca visto; que además este sujeto sea identificado con el Papa es escandaloso.

Evidentemente Prevost tenía la intención de enviar dos contundentes mensajes políticos y morales. El primero concernía a los católicos y protestantes indecisos: si no sabéis por quién votar, os doy yo una indicación precisa. 

El segundo mensaje era una invitación dirigida a los abstencionistas: id a votar por el bien de la patria y de la Iglesia.

Es cierto que Trump no es un político creíble, sin embargo un Papa «auténtico» habría guardado silencio, mientras que hacer público al mundo entero su intención de votar por los demócratas ha revelado sus verdaderas intenciones y su indiferencia para defender la vida de los más débiles e indefensos.

Los dos candidatos que ganaron en el 1° Distrito de Chicago y por quienes votó León XIV son Jonathan Jackson y, para el Senado, Juliana Stratton, ambos pertenecientes al ala progresista demócrata y firmes defensores de los LGBT y del aborto.

Ahora el mismo Sujeto viajará a Sudamérica y asistiremos a escenas ya vistas: hablará de justicia y de paz, se encontrará con las víctimas de abusos sexuales expresando toda su solidaridad y atención, mientras que las víctimas de Rupnik y Luti, tras pedir en múltiples ocasiones ser escuchadas, siguen años después olvidadas y humilladas en un limbo creado a medida por la gestión Bergoglio y actualmente dirigido por el mismo Robert Francis Prevost, del cual Viganò, la FSSPX y los tradicionalistas independientes dicen de todo, pero se obstinan inexplicablemente en llamarlo «Santo Padre».