Me sentí así hace muchos años, cuando Argentina cayó en el abismo. Fue hacia la primera mitad de 1973, cuando el país, que gozaba de una prosperidad moderada y vivía en paz, tomó un rumbo funesto. Las cosas cambiaron y una nube oscura cubrió lo que alguna vez había sido uno de los territorios más libres del mundo. Por entonces no contaba con el consuelo de la fe. No entendía que a veces uno tiene que atravesar ciertas experiencias desagradables. Mientras se celebraban las elecciones de ayer, vi cómo el pueblo estadounidense, de algún modo misterioso, ha permitido la disolución de su propio país.
Puedo ver lo que se avecina. Creo que estamos presenciando la aparición en el mundo del «hombre de la iniquidad» anunciado en las cartas de san Pablo. Siento que esto nos afectará a todos, incluso a quienes estamos lejos del centro de los acontecimientos. Por alguna razón que no alcanzo a comprender, se me concedieron ciertas revelaciones. Sabía que esto se acercaba y creo saber qué vendrá después. Estados Unidos vivirá algo semejante a lo que experimentaron los rusos entre 1917 y 1924. Aquí, en Buenos Aires, no es de buen tono hablar críticamente de los hechos ocurridos entre 1946 y 1955. Para la mayoría de los argentinos fue un sufrimiento leve, pero muchos tuvieron que experimentar el mismo temor.
Espero estar exagerando, pero las elecciones de Brasil fueron un preludio. Ahora, al parecer, el mal se ha extendido a Estados Unidos. Rezo por el señor Trump y su familia, porque veo que sufrirán persecuciones crueles. Todas las personas decentes quedarán expuestas a males comparables a los que padecieron en su día la URSS, Cuba y otros países sometidos a dictaduras de distintos signos. El cuerpo de la República resistirá —eso cabe esperar— y al final triunfará, pero no hay manera de eludir esta batalla; no existe en la tierra de Dios un lugar seguro al que ir a esperar.
Mis oraciones están con todos ustedes y con el país. Por favor, recen por mí, por mi protección y por mi salud. Le he pedido a Dios que me permita ver el «otro lado» de esto, pero quizá esa no sea Su voluntad. Recen también por quienes dependen de mí. No debería preocuparme, pero me preocupo. Después de todo, soy humano.
Hoy, más temprano, un amigo me envió estas palabras:
«Estados Unidos debe someterse al juicio y al castigo, igual que el antiguo Israel, por su flagrante violación de la alianza. Él también tiene una cronología vinculada al Apocalipsis y a otros factores que, a mi parecer, no contradicen tus predicciones; quizá puedas examinar sus ideas y decirme qué te parecen. Hace poco apareció en mi bandeja de entrada, pero lo que dice hoy parece acertado. Resulta que no debemos poner nuestra fe en los príncipes.»
Tiene razón. Demasiadas personas en este mundo esperan a ese actor humano que dará un vuelco a las cosas, luchará por la justicia, arreglará la economía, pondrá fin a la decadencia social, etcétera, etcétera. Ese hombre no existe. Si alguien así parece alzarse, podemos estar seguros de que es un espejismo, incluso si sus intenciones son las mejores.
Alguien dijo que en toda alma humana hay un hueco esculpido específicamente para que Cristo lo ocupe. Solo Él puede llenar ese espacio vacío, pero nuestros anhelos y esperanzas inventan toda clase de artificios para reemplazarlo. Al mirar la historia, vemos los resultados de esa forma de idolatría —pues eso es cualquier sustitución de Cristo— desde Alejandro hasta César, desde Napoleón hasta Hitler, por nombrar solo a algunos. La humanidad ha depositado sus esperanzas equivocadamente en muchos hombres —algunos buenos, otros malos—, pero todos tienen algo en común: son seres humanos que cargan con el pesado lastre del pecado original. Dios ha sometido a la vanidad todo el cosmos. No hay escapatoria. Todas las cosas han de pasar, incluso el becerro de oro.
En Juan 15, 5, Nuestro Señor habla con claridad:
«Yo soy la vid; ustedes, los sarmientos. El que permanece en mí, y yo en él, dará mucho fruto. Porque separados de mí no pueden hacer nada.»
Así pues, la tarea que tiene ante sí cada país del mundo es construir sobre Cristo, la Roca, y sobre nada más.
«Todo el que escucha estas palabras mías y las pone en práctica será como un hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Cayeron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y azotaron aquella casa, pero no se derrumbó, porque estaba fundada sobre roca. En cambio, todo el que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica será como un hombre insensato que edificó su casa sobre arena. Cayeron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y azotaron aquella casa, y esta se derrumbó, y fue grande su ruina». (Mateo 7, 24-27)
Quienes saben construir siempre se aseguran de contar con buenos cimientos.
En nuestros días, el mundo entero se empeña en vano en construir un mundo sin Cristo. Es una empresa insensata, una tarea estéril que acabará igual que la torre de Babel. Piénsalo: ponte del lado de Cristo y no temas, porque Cristo te conducirá infaliblemente al mayor de los éxitos. Una vez reveló a un emperador el secreto en unas pocas palabras: «In hoc signo vinces», que significa «bajo este signo vencerás»; y ese signo era, en esencia, su Cruz.
Sigue venciendo con Él.