La homilía de León XIV con motivo de la fiesta de los santos Pedro y Pablo ha sido el último ejemplo de cómo los destructores, ebrios de sinodalidad, intentan imponerla desesperadamente a toda costa, hasta el punto de que resulta diabólicamente cómico.
En su homilía para la ocasión, León XIV presentó al apóstol Pedro como el primer sinodalista. El San Pedro de Prévost es, ante todo, una figura de comunión, diálogo y acompañamiento eclesial. El énfasis principal no recae en la autoridad de Pedro para enseñar, gobernar y defender el depósito de la fe, sino en su papel de quien, en sus palabras, «reúne a los hermanos», «los escucha» y discierne sus diversas inspiraciones antes de guiar la Iglesia hacia adelante.
Dios tenga piedad de nosotros. Ni siquiera el primer papa escapa al sacrilegio sinodal de Bob el Papa y sus secuaces.
Además de intentar desesperadamente presentar la Iglesia como si hubiera sido «sinodal desde siempre», esta interpretación plantea importantes cuestiones teológicas sobre la naturaleza del oficio petrino y la relación entre primacía y sinodalidad.
En la «versión» de León XIV del concilio de Jerusalén en Hechos 15, San Pedro «reúne a los hermanos, los escucha y, finalmente, guiado por el Espíritu Santo, toma la decisión, preservando la comunión e inaugurando una nueva etapa para todo el pueblo de Dios».
No bromeo. Se queda a un pelo de calificar a San Pedro de primer papa sinodal con esta perversión del papel del pescador en la Iglesia de Cristo.
Hay que estar en coma para no notar que este lenguaje refleja el nauseabundo vocabulario eclesiológico contemporáneo asociado al moderno proyecto sinodal: escucha, discernimiento comunitario, acompañamiento y apertura de «nuevas etapas» en la vida eclesial.
El propio texto bíblico, en cambio, presenta una imagen algo diferente.
Hechos 15 relata un considerable debate antes de que Pedro se levantara y resolviera la cuestión:
«Después de una larga discusión, Pedro se levantó y les dijo…» (Hechos 15:7). Tras hablar Pedro, la asamblea guardó silencio: «Y toda la multitud se calló…» (Hechos 15:12).
Lejos de la pequeña fantasía de Prévost.
Los Padres de la Iglesia vieron tradicionalmente este momento como un ejercicio de la autoridad petrina, más que como un modelo de discernimiento colectivo que culmina en un consenso. Pedro no solo facilita la discusión, sino que recuerda autoritariamente la revelación divina y da por zanjado el asunto basándose en la acción previa de Dios entre los gentiles.
La célebre fórmula conciliar, «Al Espíritu Santo y a nosotros nos ha parecido bien» (Hechos 15:28), sigue a la intervención de Pedro, en lugar de precederla. El énfasis, en la interpretación tradicional, recae en Pedro confirmando a los hermanos en la fe, precisamente como Cristo le había mandado: «Y tú, cuando hayas vuelto, fortalece a tus hermanos» (Lucas 22:32).
El papel es, por tanto, judicial y doctrinal antes que consultivo. Pero los herejes sinodales seguirán siendo herejes sinodales.
Un intento aún más claro aparece más adelante en la homilía de León:
«Escuchar, con su ayuda, las voces de cada uno; discernir las inspiraciones; guiar los caminos; corregir los errores; instruir, animar, exhortar y acompañar a nuestros hermanos y hermanas…»
Para cualquier católico que ame la Iglesia y la verdad, esta torsión del oficio de Pedro para adaptarlo a su agenda luciferina dará ganas de vomitar.
Históricamente, la teología católica describía el oficio papal principalmente en términos de preservación y transmisión del depósito apostólico de la fe. El Concilio Vaticano I definía la tarea del pontífice romano como la fiel custodia y exposición de la revelación transmitida por los apóstoles. Pero llegaron los usurpadores que la invirtieron y pervirtieron.
La formulación de León XIV, en cambio, comienza por escuchar las «voces de cada uno» y discernir las «inspiraciones». La pregunta surge naturalmente: ¿es el sucesor de Pedro fundamentalmente un guardián de una revelación recibida, o un facilitador de un proceso continuo de discernimiento comunitario?
El Nuevo Testamento insiste constantemente en lo primero. Pedro manda, enseña, reprende y advierte contra las falsas doctrinas. Pablo describe a los obispos como hombres que deben ser capaces de enseñar la sana doctrina y refutar a los que la contradicen (Tito 1:9). El oficio apostólico se asocia repetidamente con la preservación de lo que ya se ha recibido: «Oh Timoteo, guarda lo que se te ha confiado» (1 Timoteo 6:20).
El lenguaje de escuchar las diversas voces y discernir las inspiraciones oscurece esta dimensión fundamentalmente custodiales del oficio petrino.
Y, por supuesto, ninguna homilía sinodal estaría completa sin referencias incesantes al tema de la unidad. Bob el Papa no decepcionó y volvió al tema de la unidad hasta la náusea.
Sí, Cristo mismo oró para que sus discípulos fueran uno, pero la cuestión teológica concierne a la fundación de esa unidad.
Para los Padres y el magisterio clásico, la unidad no se producía por el diálogo, sino por la fidelidad a la revelación. La caridad y la verdad eran inseparables, pero la verdad era lógicamente anterior, ya que no se puede estar unido en Cristo mientras se está dividido sobre lo que Cristo enseñó. Y esto es exactamente lo que quiere la Roma sinodal: unidad en torno al error.
¿Cómo quieren lograrlo? O mejor dicho, ¿cómo lo logran? Insistiendo continuamente en el proceso, el acompañamiento y el consenso, esperan sustituir gradualmente la doctrina, la conversión y la enseñanza.
Solo los ciegos espiritualmente pueden todavía creer que este circo demoníaco es católico. Recen para que los atrapados en el engaño sinodal despierten.