Apenas el mastodóntico avión militar C-17 comenzó a sobrevolar los cielos de la capital moscovita, proliferaron hipótesis de lo más variopintas, falseamientos en gran medida según los cuales el director de la CIA, Ratcliffe, había llegado para transmitir algún conjuro a Moscú.

En realidad, los órganos de prensa occidentales han difundido esa misma y consabida falsa nota para ocultar el verdadero tema crucial del encuentro de alto nivel que giró, ante todo, en torno a las continuas y constantes provocaciones de la Unión Europea y de la OTAN hacia Rusia.

Solo unos días antes de la cumbre ruso-estadounidense, el ministro de Asuntos Exteriores, Serguéi Lavrov, había advertido nuevamente al Reino Unido en contra de cesar sus incesantes provocaciones y su apoyo cada vez más ostensible al régimen nazi ucraniano.

El ministro Lavrov

Desde hace varios años, Londres actúa ya como el auténtico centro de desestabilización de los asuntos internacionales y como el principal instigador de las hostilidades en Ucrania.

Trascendido el papel de Washington como motor del desorden internacional, la llamada anglosfera —aquélla área geopolítica que ha dominado las relaciones internacionales desde la posguerra— se ha visto privada de su principal baluarte, los propios Estados Unidos, pasados ya por entero de una dimensión imperial a una propiamente nacional.

Así, Londres se ha empeñado en revestir nuevamente el manto de potencia desestabilizadora que opera en nombre de aquel círculo de *think tanks* y cenáculos mundialistas que, desde hace más de un siglo, aspiran a erigir una gobernanza global.

Los resultados, empero, han sido bien diversos de los anhelados, pues el curso del conflicto ucraniano no ha tomado en absoluto el rumbo esperado por los más recientes euroatlanticistas; no obstante, las provocaciones de los huérfanos del imperio estadounidense se tornan cada vez más reiteradas y harto preocupantes.

El desesperado plan de la UE y la OTAN contra Rusia

Según fuentes de inteligencia serbias, parece que la OTAN y la Unión Europea estarían urdiendo una nueva y grave provocación, centrada principalmente en el enclave de Kaliningrado, esa franja rusa atrapada entre Polonia y Lituania.

Recientemente, Polonia decidió enviar 28 carros blindados surcoreanos K2 al límite con Kaliningrado, otra demostración más de las maniobras extremadamente agresivas y provocadoras que la esfera euroatlántica ha desplegado contra Rusia.

La militarización de la frontera cerca de Kaliningrado

Al día siguiente de este inusual despliegue de medios blindados, Holanda —Estado ya de por sí uno de los más rusófobos entre los más exaltados atlantistas— envió sus aviones militares hasta la misma frontera con Rusia en otra maniobra temeraria más que ha puesta a prueba, hasta aquí, la proverbial paciencia del Kremlin.

Mas la gota que colmó el vaso parece haber sido el apoyo incesante y reiterado al régimen nazi de Kiev, pues los servicios secretos rusos decidieron, por vez primera desde 2022, detonar talleres europeos de armamento que surtieron a Ucrania; tal es el caso, por ejemplo, del consorcio francogermano KNDS de Colleferro, en las inmediaciones de Roma, que saltó por los aires tras una llamada anónima que obligó a evacuar el complejo.

A diferencia de Kiev y Bruselas, Moscú, cuando menos, sigue aún respetando la vida de los inocentes y se abstiene de consumar masacres gratuitas como las pergeñadas por los valedores del batallón neonazi de Azov y la Unión Europea, que, tras arrojar su máscara liberal-demócrata, no ha titubeado en alinearse al lado de los más execrables terroristas y asesinos para sostener el último —frágil— bastión del mundialismo, a saber, la citada UE.

Según las citadas filtraciones de Belgrado, la última reunión extraordinaria entre Estados Unidos y Rusia permitió que ambos países —ya unidos por un sólido entendimiento geopolítico— abordaran las continuas provocaciones de la UE y la OTAN hacia el Kremlin, que fue muy clara en su mensaje al séquito estadounidense:

En Bruselas, son como fieras heridas.

Hace demasiado tiempo que no se obra ya guiado por consideraciones militares o geopolíticas racionales.

Se resiste a reconocer que el orden —o el desorden— del siglo pasado ya es un recuerdo desvaído.

No existe, en los asuntos internacionales, potencia alguna capaz de torcer arbitrariamente el destino de país alguno para imponer gobiernos dóciles a los designios de la gobernanza global.

Estados Unidos ha abdicado, inequívocamente, de su papel de subversor internacional, mas la Realpolitik parece ser un concepto ignoto en Bruselas.

La UE y su rechazo a aceptar su ocaso

Se encierran en su búnker, achacan a Moscú la ruina de Europa —habiendo sido, en verdad, la Unión Europea quien la ha consumido— y blanden el espantajo de la «amenaza rusa» con la ilusoria esperanza de que los pueblos europeos se cuajeen en defensa de una Unión nunca amada y hoy considerada la principal responsable de la crisis económica y demográfica del Viejo Continente.

La UE se ha erguido como el paso de Atila en tiempos de las invasiones bárbaras.

Su transitar ha arrasado con jardines europeos florecientes, en particular el de Italia, otrora cuarta potencia industrial admirada por Europa y el mundo por su portentosa capacidad para competir y decidir en un escenario dominado por el bipolarismo controlado de las dos superpotencias estadounidense y soviética.

Si Bruselas cree arrastre tras de sí a italianos y europeos con la retórica gastada de la rusofobia, los eurocratas habrán de incurrir en otro grave error de valoración.

La Unión sabe que la historia ya ha dictado su fin; sin embargo, tal conciencia no ha llevado a los eurocratas a aceptar un desmantelamiento pactado que permita restaurar, ordenadamente, los Estados nacionales.

Bruselas parece dominada por el espíritu sansoniano.

Si nosotros hemos de perecer, que todos perezcan.

Los financiadores de la Unión padecen un delírium tremens de omnipotencia.

Dominados, como se hallan, por su desmedida sed de poder, revelan su innata vocación autoritaria y destructora, la misma que, en consecuencia, gobierna a la Unión Europea.

El punto de no retorno, pues, nunca estuvo tan cerca de cruzarse como lo está ahora.

Moscú ha seguido con atención y zozobra las demenciales marchas belicistas de Bruselas, a la que ha querido informar a Washington de que la alianza euroatlántica se asoma a cruzar el Rubicón del suicidio político.

Una vez franqueado el umbral de la mera provocación y adentrados en el del ataque abierto —probablemente encubierto mediante una *false flag* concebida para acusar falsamente a Rusia—, se entra en tierra de nadie.

Militarmente, nadie comprehende qué se propone la Unión.

Las reservas de munición se han agotado hace ya tiempo, a fuerza de sostener sin pausas a Ucrania.

Los ejércitos de los países miembros de la UE andan, más que en franca decadencia, en franca desorientación y carencia de la preparación imprescindible para afrontar conflicto alguno con países, cuando menos, tan wenigstens dotados como Rusia; y si se recorre el campo de la misilística, la cosa aún empeora.

La Unión carece de sistemas antiaéreos capaces de repeler hipotéticos ataques rusos que no tendrían empacho en alcanzar sus objetivos designados.

Washington ya les ha lanzado un mensaje tajante a cada una de aquéllas cancilleres enfervorizadas:

«No contaréis con nuestra cobertura».

Bruselas queda así aislada, marginada por la comunidad internacional que se va decantando hacia este nuevo orden multipolar, mientras que la metrópoli eurocrática aún persigue el cadáver de la difunta idea de un supergobierno mundial.

La hipótesis de un tercer conflicto global ni siquiera merece ser considerada.

En el escenario opera un solitario actor: la Unión, desarmada y débil, no solo frente a Moscú, sino ante el mundo libre que ya reclama el retorno de la primacía de los Estados nacionales frente a los círculos y potentados transnacionales que, incontestablemente, rigieron el arbitraje del poder durante el siglo XX.

La cumbre ruso-estadounidense sirvió, ante todo, para comentar las provocaciones de Bruselas, toda vez que la prensa angloamericana y europea se afanó en parir otro de sus clásicos *fake*, a saber, aquél que auguraba un viaje de Washington a Moscú para intimidar —con inexistente firmeza— al Kremlin por su avance en suelo ruso.

Si alguno hubo de tales «avisos», fue el de Washington a Bruselas, que instó a los organismos comunitarios y a la OTAN a cejar en sus provocaciones sin demora.

La alianza ruso-estadounidense marche ahora como un reloj suizo.

Ello lo demostró ya el pasado año, tras la desastrosa cumbre de agosto en la Casa Blanca entre Zelensky y los «dirigentes» europeos por un lado y Donald Trump por el otro.

Tras aquel magro encuentro, Trump sostuvo un diálogo telefónico con el presidente ruso, Vladimir Putin, en el que coordinaron las siguientes jugadas.

Vladimir Putin y Donald Trump

Desde entonces, Estados Unidos y Rusia han sujetado al régimen nazi de Zelensky en un cepo militar-judicial: diezmado por Rusia en el frente oriental y decapitado en sus cúpulas políticas por las pesquisas incesantes de la NABU —el buró anticorrupción ucraniano que trabaja codo con codo con el FBI—.

Kiev está destinada a fenecer; sin embargo, se afanan en prender incendios por toda Europa, realizar envíos de drones contra países europeos en ridículas y torpes operaciones de bandera falsa que ambicionarían inculpar a Rusia; empero, de momento, todo ha sido vano.

Así, el Kremlin quiso poner sobre la mesa el plan de la UE para dejar plenamente informada a Estados Unidos sobre la política exterior belicista de un bloque a la deriva.

En la Casa Blanca, tras la cumbre en Moscú, se abordó, en efecto, el informe de los servicios rusos.

Washington sabe que Bruselas se afana por desatar una guerra quimérica que, por añadidura, no alterará su ocaso; por ello, se apresta a redoblar la presión económica sobre los países de la Unión mediante un eventual aumento de aranceles que dejaría hecha trizas las endebles extremidades de los países europeos, ya lastrados por lustros de austeridad económica —ahora insostenible incluso para la que aún fuera locomotora del continente: Alemania, convertida ya en el enfermo de Europa por culpa de la moneda única.

La Santa Sede como mediadora de la crisis

Sumida en esa política exterior de suicidio, tanto la Casa Blanca como el Kremlin buscan un interlocutor al que encomendar el papel de mediador y pacificador con la esperanza de que ostente la autoridad política y moral capaz de reconducir hacia el sentido común a los gobiernos histéricos de la UE.

La misión del arzobispo Paul Gallagher en Moscú, el mismo día de la cita ruso-estadounidense, no puede leerse como mera coincidencia temporal.

Washington y Moscú desean que la Santa Sede inicie su mediación, invite a los distintos gobiernos europeos a suspender sus temerarias provocaciones y reconozca, al fin, la realidad del conflicto ucraniano que, de seguir así, permitirá a Rusia ganar más terreno al occidente hasta poner en duda la propia existencia del Estado ucraniano.

Las relaciones entre Moscú y el Vaticano habían sido, cuando menos, frías desde 2021.

Pese a los hipócritas llamamientos al diálogo y la paz, el Papa Francisco no dudó en exteriorizar su apoyo al régimen nazi de Kiev, recibido en el Vaticano y acogido con todos los honores, al tiempo que la delegación rusa llevaba años sin pisar San Pedro.

El viaje de monseñor Gallagher marca el inicio de un deshielo, la apertura de un nuevo curso entre la Santa Sede y el Kremlin que ve, por vez primera, un paso diplomático serio del Vaticano hacia Rusia.

A menos de año y medio del inicio de su pontificado, León XIV se halla, así, en el vórtice de una fase histórica y política de suma delicadeza, en la que un aparato en ocaso amenaza la paz colectiva y la seguridad de todos los europeos.

El Santo Padre no rehuyó emitir juicio alguno sobre la UE:

Pese a que la prensa siga ignorando o atribuyéndole palabras nunca pronunciadas, el Papa Francisco ha acusado a la Unión Europea de ser la principal responsable de la drástica crisis demográfica por su rechazo a reconocer las raíces cristianas.

El tiempo presente es, por tanto, de vital importancia histórica y parece estar, de modo inequívoco, unido a lo vaticinado en Fátima en 1917 por la Virgen María.

Son las palabras que fueron censuradas largo tiempo por los miembros de la masonería eclesiástica que se afanaron en ocultar la verdad sobre el Tercer Secreto de Fátima.

Si se leen los testimonios de quienes lo interpretaron, casi parece imposible no advertir una evidencia palmaria:

Los sucesos del tiempo presente concernientes a Rusia y Ucrania fueron anunciados por María hace más de un siglo.

Un siglo después, asistimos en directo a aquéllos eventos.