Presentamos hoy la segunda y última reflexión sobre el tema de la profecía de Ratzinger, a cargo del arq. Roberto Loggia, después del éxito de la primera, compartida y comentada por el estudioso Andrea Cionci que le dedicó elogios en su canal.
En el corazón de la Semana Santa, una relectura rigurosa de la "profecía del pequeño rebaño" del entonces profesor Joseph Ratzinger –luego Papa Benedicto XVI– para aclarar su significado auténtico y evitar interpretaciones engañosas.
"En el tiempo fuerte de la Semana Santa, cuando la comunidad cristiana se prepara a vivir la Pasión, la muerte y la Resurrección del Señor, se siente la urgencia de proponer una segunda y conclusiva reflexión sobre el tema del "pequeño resto", para completar lo ya publicado hace dos domingos.
El objetivo también esta vez no es polémico, sino aclaratorio: ofrecer herramientas para evaluar con lucidez interpretaciones que, aunque nazcan de un sincero amor a Cristo, corren el riesgo de alejarse de la plenitud de la verdad y de la fe auténticamente católica.
La referencia principal es a la llamada "profecía del pequeño rebaño" del entonces profesor Joseph Ratzinger –docente de teología dogmática y fundamental en diversas universidades alemanas– formulada en 1969 en algunas lecciones radiofónicas, en un período marcado por profundas tensiones y transformaciones en la Iglesia posconciliar. Hoy, sin embargo, este texto es interpretado a veces de manera impropia, como si el "pequeño rebaño" alludiera a un "pequeño resto" separado u opuesto a la Iglesia institucional. Una lectura similar no encuentra fundamento en las palabras de Ratzinger y, a la luz de las consideraciones que siguen, se revela incompatible con su significado auténtico.
El pequeño resto: no una ruptura, sino una purificación
Ratzinger describe con extraordinaria lucidez la crisis de la Iglesia contemporánea: "De la crisis actual emergerá una Iglesia que habrá perdido mucho. Se volverá pequeña y deberá recomenzar más o menos desde los inicios..."
No se trata de la previsión de una fractura ni del nacimiento de una realidad distinta, sino del anuncio de una crisis histórica de la cual la Iglesia misma está destinada a salir transformada, purificada y redimensionada.
El término "emergerá" adquiere un valor ontológicamente decisivo: indica una continuidad real y sustancial entre la Iglesia presente y la futura. Lo que aparecerá no nace de fuera ni se opone, sino que ya estaba ontológicamente presente en la Iglesia misma.
De ello se deduce que toda hipótesis de separación está excluida: separarse implicaría una diversidad de sustancia, mientras que la emersión remite a una identidad que permanece en el cambio.
El pequeño rebaño se configura entonces como la Iglesia del futuro, fruto de su contracción y purificación, y no como un grupo externo o antagónico.
Los edificios históricos: signo visible de la continuidad
Ratzinger observa además: "La Iglesia ya no será capaz de habitar muchos de los edificios que había construido en el período de la prosperidad."
Esta afirmación no es un detalle marginal o meramente descriptivo, sino un pasaje decisivo para comprender la naturaleza del pequeño rebaño y de la Iglesia futura. Los edificios históricos –iglesias monumentales, basílicas y estructuras imponentes– no representan solamente un patrimonio artístico o cultural, sino que encarnan visiblemente la historia, la continuidad y la concreción de la Iglesia en el tiempo.
El hecho de que la Iglesia futura no pueda utilizarlos plenamente, a causa de la disminución de los fieles, no sugiere una ruptura, sino que confirma una contracción interna: es la misma Iglesia que, aunque reducida, continúa existiendo y lleva consigo su propia herencia histórica.
Este elemento contribuye a excluir toda hipótesis de separación y lo hace de manera radical: si la Iglesia del futuro hubiera sido entendida, en la visión de Ratzinger, como una entidad externa o alternativa a la Iglesia de los orígenes, no tendría ninguna relación real con edificios construidos y habitados por la Iglesia en el curso de los siglos. Un sujeto extraño –incluso si lo hubiera llegado a ser en un determinado momento– no "cesa de habitar" lo que nunca poseyó o que de todas formas ya no posee.
Por el contrario, el lenguaje utilizado por Ratzinger presupone una continuidad real y concreta: es la misma Iglesia que, habiendo construido aquellas estructuras en el tiempo de la prosperidad, se encuentra ahora en la condición de no poder habitarlas plenamente.
En esta perspectiva, los edificios se convierten en símbolos tangibles de la permanencia de la Iglesia de Cristo y de la presencia de Cristo en la Iglesia misma: testigos materiales de una continuidad que atravesa la crisis sin romperse.
La referencia a los monumentos y a las estructuras históricas adquiere así un valor teológico preciso: evoca la dimensión visible e institucional de la Iglesia, su identidad histórica y su permanencia en el tiempo. No se trata de un simple dato sociológico, sino de un signo concreto de la indefectibilidad eclesial.
De ello se deduce que el pequeño rebaño del cual habla Ratzinger no puede ser interpretado como una realidad separada o alternativa, sino que coincide con la Iglesia misma, reducida en número y purificada en su vida.
Todo intento de leer en estas palabras una legitimación de grupos externos fracasa ante la evidencia de la herencia y la titularidad de los edificios históricos: precisamente la alusión a lo que ha sido construido y habitado en los siglos confirma que el sujeto que "emerge" es el mismo que ha atravesado la historia. Evocando monumentos y estructuras, Ratzinger confirma así, de modo inequívoco, la permanencia de la única Iglesia de Cristo en el aparato institucional, custodia de la continuidad histórica, de la comunión con la jerarquía legítima y de la unidad sacramental.
Una Iglesia más espiritual, no una nueva Iglesia
Ratzinger afirma: "Se volverá una Iglesia más espiritual, que ya no presumirá de un mandato político... sino que será una comunidad de convicción."
No se trata del nacimiento de una comunidad alternativa, sino de una Iglesia renovada desde adentro, purificada de toda forma de mundanidad y hecha más auténtica en su adhesión a Cristo.
Y añade: "Cuando esta prueba del tamiz haya pasado, de una Iglesia interiorizada y simplificada saldrá una gran fuerza."
El destino de la Iglesia no es la disolución, sino una regeneración que nace a través de la prueba: una comunidad reducida pero profundamente renovada, capaz de hacer visible, con su propio celo, al Pastor.
Pequeño resto y pequeño rebaño: una distinción necesaria
Aunque en el lenguaje teológico los dos términos sean frecuentemente considerados sinónimos, se estima que, en el contexto específico de las lecciones de 1969, el significado de pequeño rebaño asuma su precisa matiz, tal que lo delinea como una entidad no perfectamente superponible al concepto de pequeño resto. Este último, entendido como la parte más fiel de los creyentes, ya presente en la Iglesia y ontológicamente ligado a ella (re-stare vs ob-stare) es una categoría –como hemos visto– profundamente enraizada en la Sagrada Escritura. Ya en el Antiguo Testamento, los profetas anuncian que, en las pruebas y en los juicios de Dios, una parte del pueblo permanecerá fiel: es el "resto de Israel" del cual hablan, entre otros, el Libro de Isaías (Is 10,20-22) y el Libro de Sofonías (Sof 3,12-13). Se trata de quienes, aunque inmersos en la crisis, no abandonan la Alianza y permanecen firmemente anclados a Dios.
Esta realidad atraviesa también el Nuevo Testamento: san Pablo, en la Carta a los Romanos (Rm 11,5), habla de un "resto elegido por gracia", confirmando la permanencia de esta lógica dentro de la historia de la salvación.
Distinto, aunque estrechamente conectado, parece ser el significado del pequeño rebaño explicado por Ratzinger. La expresión puede remitirse a la utilizada en el Evangelio, ligada a una perspectiva futura, donde el Señor afirma: "No temas, pequeño rebaño, porque a tu Padre le ha parecido bien daros el Reino" (Lc 12,32).
No se trata por tanto de un "grupo", de una "parte", de un "resto" (aunque sea interno), sino de toda la comunidad de discípulos llamada a vivir en la perspectiva futura, en la confianza y en la comunión con Cristo.
La relación entre las dos realidades es esencial: el pequeño resto representa el núcleo fiel ya presente en la Iglesia, mientras que el pequeño rebaño –conforme a la visión de Ratzinger– es el rostro que la Iglesia asumirá después de la purificación, también gracias a la perseverancia de ese resto.
El elemento decisivo es uno solo en ambos casos: la permanencia en la comunión eclesial
El pequeño resto no se separa, y precisamente por eso contribuye al nacimiento del pequeño rebaño.
De ello se deduce que ambas expresiones, lejos de justificar cualquier forma de división, evocan con fuerza la fidelidad, la perseverancia y la comunión en la misma Iglesia.
El riesgo de una lectura sectaria
A la luz de este panorama, la idea de un "pequeño rebaño" como grupo separado se coloca fuera de la visión católica e introduce un esquema con rasgos sectarios: una comunidad considerada pura contrapuesta a una Iglesia juzgada irremediablemente corrupta. La fe católica, en cambio, reconoce la crisis, pero no admite que la Iglesia pueda ser abandonada por Cristo.
La visión eclesiológica de Ratzinger
Esta interpretación encuentra confirmación en la visión eclesiológica del cardenal Ratzinger, profundamente enraizada en la tradición católica.
Para él, la Iglesia es una realidad visible e histórica, fundada en la sucesión apostólica y en la comunión con Pedro Apóstol, principio esencial de unidad. Una perspectiva defendida a lo largo de su recorrido, hasta su magisterio como Papa Benedicto XVI, convertido en uno de los más grandes, doctos e ilustres Pontífices de la historia de la Iglesia.
De ello se deriva la imposibilidad de atribuirle una visión que legitime la separación, que implicaría la negación de la indefectibilidad de la Iglesia y de su fundamento sacramental.
Crisis y fidelidad: una prueba, no una justificación
Nada de lo dicho niega sin embargo la posibilidad de corrupción interna o de anomalías en el gobierno de la Iglesia; sin embargo, ellas no justifican la separación, sino que evocan la responsabilidad de permanecer y contribuir a su renovación.
El Señor permanece con su Iglesia (Mt 28,20), y –como recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica (CCC 811-815)– ella es custodiada en la verdad aunque esté compuesta por miembros pecadores, quienes, como la historia demuestra, pueden llegar incluso a intentar la usurpación de sus más altos aparatos de gobierno.
Exhortación final
En esta Semana Santa, pedimos al Señor la gracia de comprender plenamente el significado auténtico de las palabras de Joseph Ratzinger, luego Papa Benedicto XVI, tal como emergen también de las Sagradas Escrituras.
Pedimos también su intercesión, para que podamos permanecer fieles en la comunión eclesial, convirtiéndonos en parte de ese pequeño resto que, sin separarse, contribuye cada día, con fe, esperanza y caridad, a la renovación de la Iglesia".
Arq. Roberto Loggia