Los diversos ritos existentes en la Iglesia católica demuestran, en su pacífica coexistencia con el Novus Ordo, que las cosas pueden funcionar así. Las Iglesias orientales católicas son incluso Iglesias particulares de derecho propio (sui iuris) dentro de la Iglesia universal católica. Nadie las percibe como una amenaza para la unidad de la Iglesia. Nadie les negaría un altar ni les prohibiría el acceso a un templo católico. Nadie excepto el Vaticano, que veta la entrada a católicos conservadores y, por lo demás, leales al Papa. La hipocresía sinodal (inclusividad) ha quedado con ello plenamente desenmascarada. Los peregrinos de «Ad Petri Sedem» no son la FSSPX. Pero lo sabemos desde hace mucho: ciertas personas solo son inclusivas en la medida en que favorece sus propios objetivos. El pensamiento divergente, el enfoque pastoral y espiritual distinto, lo excluyen de manera implacable y a sangre fría. Esta es mi experiencia constante. Reconocemos idéntico patrón también en la política.

 

Pues bien, la llamada sinodalidad ha mostrado con ello su verdadero rostro. Selecciona a quién o qué incluye. «Todos, todos, todos» no significa en absoluto todos, sino solo unos pocos determinados.

 

Conocemos bien los afanes y postulados del llamado catolicismo reformista desde los años setenta. Sus protagonistas se han ido relevando por turnos y mudando a menudo de ropajes, sin renunciar jamás a sus mismos e invariables fines. El resultado es la sinodalidad de hoy, que no es la sinodalidad de ayer, a saber, la de la Tradición.  Se perfila con claridad que, a fin de cuentas, se trata de una reforma estructural tardía y protestantizante, así como de la revocación de «Familiaris Consortio» (1981) y «Veritatis Splendor» (1993). El efecto de reconocimiento para los conversos procedentes de la comunión anglicana es inmenso.

 

El intercultural learning y listening —soy benedictino misionero—, que ha paralizado nuestro dinamismo misionero durante decenios, lo conozco como conceptos clave desde principios de los años noventa. La declaración «Dominus Jesus» de la Congregación para la Doctrina de la Fe del 6 de agosto de 2000  fue ya una reacción a ello, pero no fue acogida; de ahí que hoy padezcamos este colapso sinodal de palabrería y procesos. ¡Y sin embargo la verdad es tan sencilla: DOMINUS JESUS!

El ESPÍRITU ya nos urgía, hace más de veinticinco años, a presentar (de nuevo) a las naciones a JESUCRISTO como la Verdad exclusiva y absoluta, como la única puerta hacia el PADRE, como Maestro universal y perenne, y como único Redentor del mundo. En su lugar, nos sentamos en círculos y en asambleas para escuchar. ¿A quién? Mas nada llega. Es decir: nada nuevo, salvo la paulatina implantación de las exigencias del catolicismo reformista de antaño (democracia y cogestión; control del poder;  laicos en puestos de liderazgo; mujeres en ministerios eclesiásticos; revisión de la moral sexual; normalización del divorcio y nuevo matrimonio; reconocimiento de estilos de vida y uniones homosexuales; transgenerismo; custodia de la creación o el clima; universalismo de inspiración socialista: fronteras abiertas y fraternidad universal; coexistencia interreligiosa en vez de misión). El elefante en la habitación: la correlación entre abusos y homosexualidad en el clero católico (Dariusz Oko; Paul Sullin) continúa siendo ignorada.

 

Las mesas redondas están teledirigidas. Las comisiones aportan propuestas heterodoxas. De Roma no llega ninguna respuesta válida a los problemas provocados en la Iglesia por el progresismo liberal. Brilla por su ausencia una evaluación honesta y objetiva de la renovación litúrgica, sin pretender retrotraerse a antes de 1965. El acercamiento de los jóvenes a posturas conservadoras, también en el seno de la Iglesia, no es objeto de reflexión objetiva alguna como signo de los tiempos.

 

Entretanto, contemplamos en las calles de las ciudades europeas a fuerzas islamoizquierdistas, migratorias y caóticas en plena acción, que muestran sintomáticamente qué sucede cuando el orden tradicional cristiano se derrumba y el Estado laico y axiológicamente neutro fracasa. Sus gobernantes carecen tanto de credibilidad como de valores o virtudes; en su horizonte poscristiano, simplemente no tienen nada que ofrecer. Resulta incomprensible que, no hace mucho, un Papa haya exhortado a la juventud  a sembrar el caos. El caos nunca ha sido una categoría del ESPÍRITU, sino más bien de fuerzas demoníacas y revolucionarias. El ESPÍRITU es, como bien se sabe, Aquel que ya en el principio puso orden en el caos. Donde este prevalece, reina el demonio.

 

Los síntomas de descomposición en la sociedad y en la Iglesia de nuestras latitudes son innegables. La primera (la sociedad), a mi juicio, no tiene posibilidad alguna de subsistir sin el cristianismo; la segunda (la Iglesia), si bien es sostenida por Dios, yerra al omitir proclamar la exclusividad (¡en doble sentido!) de JESUCRISTO (Camino, Verdad y Vida). Él ya solo sirve de pretexto para una vaga humanidad, lo que gustosamente se enmascara bajo el término «apertura». La categoría de pecado es sustituida por la de fragilidad. Todo gira en torno a la cercanía. La herejía y el error no se mencionan por su nombre. En cambio, florece el diálogo. Desde hace años, la Iglesia se asemeja a un interminable taller de asambleas y mesas redondas incapaz de ofrecer resultados sólidos, salvo aquellos que socavan de hecho y de verdad, pero también semánticamente, su doctrina, su predicación y su estructura jerárquico-sacramental.

 

Por último, lo esperanzador:

 

Nos encaminamos hacia 2033. Será, tras dos mil años, un año extraordinario. JESUCRISTO es el mismo ayer y hoy. ÉL sigue siendo la respuesta del PADRE a todos nuestros problemas y la propiciación por nuestros pecados. Sobre todo esto último es menester recordarlo. ¡Donde ÉL entra en un corazón, todo se renueva! ÉL es la perla que la Iglesia tiene para ofrecer a los pueblos. Quien ha descubierto su valor, ya no anhela nada más. Tampoco puede equiparar a JESUCRISTO con ningún otro. La dicha de haberle encontrado eclipsa todo lo demás. ¡El DIOS encarnado es, sencillamente, una singularidad! ¡Para todos!