La foto y el portón
Madrid, 7 de junio de 2026. Frente al portón de la Nunciatura apostólica hay un hombre que sostiene en sus manos un cartel y una gran fotografía del papa León XIV. Se llama Miguel Hurtado, primer denunciante de los abusos ocurridos en la abadía de Montserrat. Pide algo aparentemente sencillo: que la institución reconozca el daño y que la abadía repare las consecuencias de los abusos sufridos cuando tenía dieciséis años.
La respuesta que recibe no es una invitación a entrar, ni una palabra de acogida pastoral. La puerta, para él, permanece cerrada. Dentro del palacio, como indica también el programa oficial del viaje, el Papa se reúne en privado con los miembros de la Orden de San Agustín. Fuera, Hurtado habla a una fotografía del pontífice y confía a esa presencia de papel las palabras que le hubiera gustado decirle en persona.
Hay un contraste que hiere en esta escena. Dentro se desarrolla un encuentro reservado. Fuera, un superviviente debe construir una escena simbólica para hacer oír su petición de verdad, justicia y reparación.
Permanecer en el umbral, excluidos del relato oficial, parece ser el destino de quienes eligen no representar el papel de la víctima pacificada.
La ilusión de la escucha selectiva
El punto no es solo el encuentro fallido. Es la inmensa brecha que separa la retórica pública de las elecciones concretas.
En los mismos días, el viaje del papa León XIV toca Cataluña y el santuario mariano de Montserrat, milenario centro espiritual pero también uno de los lugares símbolo de los abusos que han sacudido España. En los discursos oficiales, el pontífice elige la vía de la prudencia. Habla de fraternidad, de unidad y de caminos de sanación. Sin embargo, durante la visita a la abadía, no menciona los abusos ocurridos allí mismo, ni las responsabilidades emergidas en las investigaciones sobre el monje Andreu Soler y su ocultamiento.
El cuidado y la cercanía se confinan en un espacio protegido: un encuentro reservado en Madrid con seis supervivientes, elegidos por los organizadores sin involucrar a las asociaciones más críticas. Una escucha discreta que, precisamente por su selectividad, corre el riesgo de parecer un instrumento de defensa de la reputación más que un gesto público de justicia.
Cuando la cercanía se convierte en un evento por invitación, blindado y concertado, pierde parte de su fuerza. En la agenda encuentran espacio encuentros con representantes de la cultura, del arte, de la economía y del deporte; para muchas asociaciones de supervivientes, en cambio, el encuentro no llega.
El error estratégico del control informativo
Detrás de esta crónica dolorosa emerge un problema de método que va más allá de la crucial cuestión moral. Nos enfrentamos a un preciso y repetido error de comunicación de crisis, una miopía estratégica que se arrastra desde hace décadas y que se apoya en la pretensión de poder seguir controlando el flujo de la información.
La maquinaria comunicativa eclesial se mueve todavía según las reglas de una vieja mentalidad jerárquica, en la que la autoridad decide unilateralmente qué mostrar, cuándo hablar de ello y a quién conceder la palabra. En el panorama de los medios contemporáneos, esta configuración produce sistemáticamente graves cortocircuitos.
Esta dinámica se revela, en primer lugar, como una negación de la realidad. La ilusión de poder arrojar un velo de silencio sobre Montserrat es inmediatamente vanificada por el periodismo de investigación y por la presencia física de los supervivientes en la escena del viaje.
A esto se añade el efecto boomerang de la exclusión. Cerrar la puerta a figuras críticas como Miguel Hurtado no hace desaparecer su voz. La amplifica, desplazando la atención de los medios del mensaje de fraternidad del Papa al rechazo de un confronto público.
El resultado final es la pérdida de control de la agenda. Negando un diálogo público y transparente, la institución cede a otros el poder de definir el marco de la visita, que para una parte de la opinión pública deja de ser solamente una peregrinación de paz y se convierte en un nuevo capítulo de la gestión opaca de los abusos. Mientras la comunicación se entienda como un instrumento para defender la reputación de la cúpula y no como un espacio de verdad, cada intento de gestión de la crisis corre el riesgo de producir un nuevo daño de imagen.
La trampa del lenguaje espiritual
El segundo gran error de método reside en un cortocircuito de categorías comunicativas. La institución se obstina en responder a peticiones concretas, planteadas en el plano legal, histórico y económico, utilizando sobre todo un vocabulario teológico y espiritual.
Las víctimas no piden metáforas o definiciones poéticas de su dolor. Cuando la Iglesia describe los abusos como una llaga o una herida todavía abierta, usa un lenguaje que puede reconocer el sufrimiento, pero sigue siendo elusivo si no va seguido de decisiones verificables.
Este uso del lenguaje produce una distancia insalvable porque sustituye la responsabilidad jurídica con el concepto abstracto de pecado, debilitando el deber de rendir cuentas a las autoridades civiles. Al mismo tiempo, transforma la acción reparadora, que requeriría indemnizaciones precisas y transparencia sobre los archivos, en una genérica promesa de oración o de purificación interior. Finalmente, excluye a los supervivientes del real proceso de sanación, ya que los criterios del perdón y de la reconciliación se establecen una vez más de forma unilateral por el clero.
En una correcta gestión de la crisis, el lenguaje debe estar alineado con la naturaleza del problema. Hablar de prevención y cultura del cuidado pierde credibilidad si, mientras tanto, se niega una indemnización adecuada a quien ha visto su juventud rota por un ministro de la Iglesia.
Los supervivientes no son símbolos
¿En quién nos estamos eligiendo cuando preferimos el silencio de nuestros altares al grito de quien pide verdad?
La petición de una indemnización económica no es una pretensión material, sino la forma civil con la que una sociedad reconoce la existencia de un daño irreparable. Reducir la reparación a una petición de perdón espiritual, rechazando al mismo tiempo indemnizaciones adecuadas y plena transparencia, significa hacer un uso puramente decorativo del dolor ajeno.
En el umbral de Montserrat, mientras se celebran la fraternidad y la paz social, Miguel Hurtado y tantos otros permanecen fuera, invisibles a los discursos oficiales pero presentes con la fuerza de su testimonio.
La credibilidad no se reconstruye con gestos simbólicos a puerta cerrada, sino con el coraje de acoger también las voces más incómodas y de aceptar que la justicia no sea definida solo desde arriba. Solo cuando ese portón deje de cerrarse ante quien pide verdad podremos empezar a hablar, de verdad, de sanación.