Antes de ocuparnos del caso clínico en cuestión, conviene resumir brevemente lo que escribí en el artículo precedente sobre el «Síndrome del Gran Prelado», publicado en este periódico (AQUÍ).

Tras años deseando su aclamación como Gran Prelado —«porque lo quiere la Virgen, lo quiere el Cielo, todos lo piden y quien no esté de acuerdo, que se vaya»—, el 24 de junio de 2025 el padre Alessandro anunciaba su abandono del Pequeño Resto, pues algunos sacerdotes cuestionaban su «candidatura».

Superado el momento de desazón, el 29 de junio Minutella obtenía en Monza el tan ansiado reconocimiento; pero de inmediato, la solemne Elección sumía al sacerdote palermitano en una grave crisis existencial: ya no se aguantaba, y como escribí en su momento, la imponente figura del Gran Prelado llamado por el Cielo para salvar a la Iglesia caída en manos de Satán tenía los días contados.

En un arrebato incontrolado, el pasado 18 de junio gritaba: «No me digáis Gran Prelado. No me digáis esas palabras; menos mal que desde el principio os lo hice saber. Lo soy, lo soy, pero no me lo recordéis. En cuanto me lo decís, el demonio os cornúa». Mientras el Gran Prelado se esfumaba —incluso interesando del caso al conocido programa de la Rai «Chi l’ha visto?»—, el León de María ganaba cada vez más adeptos.

Reconozco que incluso para un buen psicólogo sería todo un desafío desentrañar los mecanismos de la mente de nuestro sacerdote, quien con magistral alquimia logró diluir al Gran Prelado en la figura del León de María, planteando así un enigma de difícil resolución. En distintas ocasiones, el médico neurólogo Sigmund Freud —padre del psicoanálisis— abordó el tema del narcisismo, y si bien su pensamiento no es considerado infalible, puede ayudarnos a descifrar el caso en cuestión.

   El rechazo de Minutella a reconocerse como Gran Prelado hunde sus raíces en el mecanismo de la «represión», que Freud explica en su escrito «Informe de prensa en la Wiener medizinische Presse» del siguiente modo:

«Este mecanismo psíquico es unitario; de hecho, todos los fenómenos histéricos aparecen por mediación del mecanismo psíquico de la “represión” histérica o neurótica. Hasta en la vida normal, se intenta olvidar acontecimientos vinculados a recuerdos molestos […] Esto ocurre al eludir todas las percepciones que podrían reavivar el pensamiento en cuestión mediante asociación, o al ejercer un control sobre el curso de los propios pensamientos, evitando cuanto tienda a reavivar esa dolorosa representación, hasta llegar a dominar el arte de reprimir y olvidar de tal manera que el recuerdo ya no aflore espontáneamente a la conciencia»

Tras la eclipse del Gran Prelado, el León de María no era menos vanidoso que su antecesor y no escatimaba en alabarse a sí mismo: Dios me ha dado cualidades especiales, singulares… Para esta misión el Señor me ha concedido dones intelectuales. Tengo una capacidad fulminante para captar las cosas… surge un cóctel explosivo… Un prelado ha dicho que tengo una mente superior a la media… y quizá sea cierto.

A esta componente narcisista, Freud la denomina «omnipotencia de los pensamientos», la cual en el León de María venía acompañada además por una «neurosis obsesiva» hacia los «canallas enemigos», a quienes no dejaba de señalar día tras día en sus discursos: Quieren destruirme… han intentado matarme… dos veces han intentado envenenarme y las monjas son testigos… en el Vaticano me temen, y por eso arriesgo la vida.

En realidad, nadie le teme; en los círculos católicos, Minutella es visto más bien como un cómico, pero esta ficción forma parte de las creaciones psíquicas minutellianas. En la estrategia adoptada por don Alessandro, la figura del «enemigo» asume un papel fundamental, pues representa las fuerzas del Mal que se oponen a la misión profética del Ungido del Señor. Exaltar la acción del «maldito enemigo» sirve para ensalzar la figura del León de María y sublimar su imagen entre los fieles del Pequeño Resto: «Cuanto más nos ignoran… cuanto más han decidido que no existimos, más el Padre Eterno los precipita en el caos».

En Mi vida. La psicoanálisis, Freud escribe: «Tal estado podría denominarse “narcisismo”, o “amor a sí mismo”, y no es difícil inferir que, en realidad, nunca se anula por completo. El Yo sigue siendo, en toda la vida, el gran depósito de la libido, del cual emanan todas las cargas que se dirigen hacia un objeto, y al cual, desde el objeto mismo, puede retornar nuevamente la libido»

En Introducción al psicoanálisis, el médico afirma que narcisismo y egoísmo coinciden; se trata de un fenómeno libidinoso. ¿Qué nos querría decir Freud en relación con nuestro caso clínico? La libido minutelliana —esa pulsión interior que el neurólogo austríaco denomina también «libido del Yo»— impulsa a don Alessandro hacia un excesivo protagonismo narcisista y egoico, que halla salida en la identificación con un personaje santo anunciado en las profecías y elegido por el Señor para salvar a la Iglesia.

Por los inconvenientes causados por el desertor don Ramón Guidetti, menguaban las donaciones para la Fundación creada por Minutella, y así, el 18 de junio asistíamos a otro giro inesperado provocado por un acumulamiento de excitación neurótica (Freud): «Estoy pensando en la hipótesis de que, desde el 1 de julio, me retiro… buscadme un trabajo… Fin de la historia… Estoy exasperado». Corría serio peligro de que el León de María terminara convirtiéndose en el Conejo de Carini.

En nuestro sujeto es frecuente el vaivén entre estados eufóricos y crisis depresivas, entre la risa y los sollozos. La mente del León de María está habitada por representaciones obsesivas y ve enemigos por todas partes —incluido el Pequeño Resto—, viviendo lo que Freud habría descrito como «delirio paranoico». En nuestro protagonista, la neurosis y la paranoia van de la mano.

El principal tormento que corroen al León de María es el munus petrinum: «¿Lo tengo o no lo tengo? ¿Soy el legítimo sucesor de Benedicto XVI, o no? ¿Puedo ordenar obispos y sacerdotes, o no puedo?». La escisión psíquica, fácilmente diagnosticable en Minutella, puede resumirse también con este enigma: «¿Me hago elegir Papa de mis tres sacerdotes, o sigo con el papel no bien identificado y cada vez más oscilante del León de María?». Esta continua búsqueda de satisfacción narcisista del Yo —unida al rol de víctima— es lo que Freud definiría como «delirio de ser observado».

En Histeria y angustia, el neurólogo austríaco afirma que el cuadro clínico de la neurosis de angustia comprende diversos síntomas, y al menos cuatro de ellos los hallamos de manera señalada en el bagaje psíquico del León de María:

  1. Irritabilidad general.

  2. Angustia expectante (síntoma central de la neurosis).

  3. Ataques de angustia acompañados por el presentimiento de una muerte repentina.

  4. Trastornos de la actividad digestiva.

La «neurosis de angustia» —que en el caso clínico que nos ocupa llamaremos «neurosis del Gran Prelado»— se manifiesta también como una lucha sin cuartel entre el Yo minutelliano —dominado por una cruel libido narcisista, siempre ávida de atención— y la aspiración irresuelta de ser reconocido como el Salvador de la Iglesia. Esta constante tensión libidinosa desemboca en una pulsión destructiva que Freud clasifica como «pulsión de muerte».

El médico afirma: «La neurosis de angustia, al contrario que la neurastenia, parece tratarse de una sobreexcitación. Las personas se hallan en constante inquietud, en un nervioso excitamiento, y manifiestan ante todo angustia en todas sus formas posibles: angustia aguda como ataque repentino, angustia en forma crónica, latente o subrepticia, ligada a cualquier evento. Van aparejadas: parestesias, dificultad respiratoria, taquicardia, congestiones, sudoración, trastornos del sueño y similares. Con frecuencia, el estado de angustia se disfraza con síntomas como malestar, disnea, trastornos cardíacos, gástricos, etc. En los ataques más intensos, surge entonces con mayor claridad el sentimiento de angustia»

Para entender el frágil estado psicológico en el que se encuentra el ex Gran Prelado —cada vez más claramente aquejado de un «delirio de grandeza» (Freud)—, basta con escuchar lo que decía el pasado 13 de julio, que resumo aproximadamente con sus palabras: «Hay una apremiante demanda [de reconocerme como Papa]… no soy Yo, como dicen mis enemigos, que aseguran que lo quiero yo… no soy YoYo no me he autoproclamado nada… soy un pobre hombre y no padezco ninguna dolencia mental… No estoy loco… Me guía la Virgen. Si la Virgen quiere esto, se lo digo a mis hermanos sacerdotes; Yo, temblándome, ¿cómo voy a negarme?… quizá debamos esperar… por tanto, Yo no me muevo… si supiera que el Señor lo quiere, pero Yo no miraría a la cara ni a fray Celestino ni a don Enrico ni…». El cuadro clínico empeoraba sensiblemente, y el 22 de julio, tras destellos de euforia o «delirio de atención» (Freud), el León de María gritaba dirigiéndose a los enemigos que le decían: «Tú no eres el Gran Prelado», añadiendo: eso es otra cosa, y puede que tengan [sic] razón ¡Causa que se erice hasta la fantasía de un neurofarmacólogo como Vittorino Andreoli!

Al perder casi toda esperanza de ser consagrado por un obispo ortodoxo —o de la iglesia clandestina china— que le transmitiera la sucesión apostólica, el ritornello de don Alessandro se ha tornado el siguiente: Pedro no recibió la imposición de manos; fue elegido directamente por Jesús… ni Pablo recibió la imposición de manos… ¿y por qué no habría de ocurrir hoy? La acción persuasiva del León de María frente a sus seguidores se intensifica, y ha anunciado el 15 de agosto como fecha fundamental para el porvenir del Pequeño Resto, que deberá prepararse con un solemne ayuno.

El buen don Franco Brogi no ha entendido que el problema es psiquiátrico, y en un vídeo del 23 de julio invitaba a Minutella al «arrepentimiento». Quienes no conocen a don Alessandro, al escuchar su homilía del 24 de julio podría pensar que había ingerido sustancias dopantes; pero no, simplemente estaba bajo el efecto del «delirio» habitual que le llevaba a divagar: «Yo Soy el León de María. Ved, amados hijos míos, Yo Soy la guía de lo que queda del Pequeño Resto; sin duda alguna, Yo Soy el legítimo sucesor de Benedicto XVI… Yo no albergo la menor duda»

El «Yo Soy» de memoria evangélica (Jn 8,24.28.58) resonaba entre los fieles del Pequeño Resto con toda su severidad. Tres días después decía: «No me he autoproclamado Papa… si acaso lo soy, sólo el Padre Eterno y un par de vosotros lo sabéis… Yo combato personalmente contra el diablo… no hablo por hablar, mirad que nunca hablo por hablar…». En este estado de alteración confusa de la psiquis —según dice, quizá reconocido como Papa por un par de personas—, seguía atacando a sus enemigos: «Es cierto que he dicho ser el sucesor de Benedicto XVI, pero nunca he dicho ser Papa». Freud habría preguntado a don Alessandro: si fray Celestino celebra misa en comunión con el León de María, ¿por qué sigue insistiendo en que no es Papa? De todos modos, con el León de Carini no vale la pena plantear preguntas racionales. Fuera de sus grandes padecimientos, hasta la Dolorosa asumía un papel subordinado: «Me parece que cuando hieren a la Gospa, la pago yo… Dos veces que la estatua de la Virgen ha sido ultrajada en Medugorje, dos veces don Minutella ha sido más ultrajado que la Virgen»

No sabemos qué se trae entre manos don Alessandro para el 15 de agosto; entretanto, suspendemos nuestro análisis, a la espera de nuevos desarrollos que abordaremos en la próxima ocasión.

En 1910, Freud escribía a su colega Carl Jung que Sicilia «es la región más hermosa de Italia», y Minutella habrá enorgullecido sin duda del elogio del gran psiquiatra a su tierra. En una conferencia de 1909, tras afirmar: «si hubo mérito en gestar el psicoanálisis, el mérito no es mío» —atribuyéndoselo a Josef Breuer—, Freud sostenía que la histeria, y en consecuencia la neurosis, no constituyen un sufrimiento orgánico del cerebro, y es probable un restablecimiento de la salud.

Para concluir, y empleando la terminología freudiana, les deseamos a don Alessandro de corazón un pronto «enderezar psíquico».

Antonio Romano