Con frecuencia, las palabras del Evangelio, precisamente por ser escuchadas muchas veces, corren el riesgo de no ser realmente comprendidas. Se deslizan en la memoria con la forma que la tradición litúrgica ha hecho familiar y acaban por no sorprendernos más. Esto puede ocurrir también con las palabras dirigidas por Jesús a Pedro en Cesarea de Filipo: «A ti te daré las llaves del reino de los cielos: todo lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos» (Mt 16,19). Así leemos en las traducciones de la Conferencia Episcopal Italiana. Pero el texto griego deja entrever un matiz más profundo, que no es un simple detalle gramatical: se refiere al modo mismo de comprender la autoridad de Pedro y, a través de él, toda autoridad ejercida en la Iglesia.

El texto griego dice:

ὃ ἐὰν δήσῃς ἐπὶ τῆς γῆς, ἔσται δεδεμένον ἐν τοῖς οὐρανοῖς· καὶ ὃ ἐὰν λύσῃς ἐπὶ τῆς γῆς, ἔσται λελυμένον ἐν τοῖς οὐρανοῖς.

Transliterado, sin acentos:

ho ean deses epi tes ges, estai dedemenon en tois ouranois; kai ho ean lyses epi tes ges, estai lelymenon en tois ouranois.

Una traducción atenta a la construcción gramatical puede sonar así:

«Lo que hayas atado en la tierra habrá sido atado en los cielos, y lo que hayas desatado en la tierra habrá sido desatado en los cielos».

Las formas deses y lyses son aoristos de subjuntivo, introducidos por ean, e indican la acción eventual futura de atar y desatar: «lo que tú ates», o, en el contexto futuro de la promesa, «lo que hayas atado» y «lo que hayas desatado». Pero la parte más significativa se encuentra en las expresiones estai dedemenon y estai lelymenon. Estai es el futuro del verbo «ser»; dedemenon y lelymenon son participios perfectos pasivos. El perfecto griego no indica solo una acción ocurrida, sino sobre todo el estado presente producido por una acción ya cumplida: algo se encuentra en la condición de haber sido atado o desatado.

La construcción puede, pues, ser traducida literalmente por «habrá sido atado» y «habrá sido desatado». No se debe transformar esta observación en un cálculo cronológico rígido, como si se pudiera medir un «antes» en el cielo y un «después» en la tierra. El lenguaje se refiere más bien al origen y a la conformidad de la decisión: lo que Pedro realice auténticamente en la tierra deberá resultar conforme a lo establecido ante Dios. Pedro no impone al cielo una voluntad nacida en la tierra; reconoce, sirve y hace operante en la historia la voluntad que viene del cielo.

También la Vulgata de san Jerónimo conserva este importante matiz:

Et quodcumque ligaveris super terram, erit ligatum et in caelis; et quodcumque solveris super terram, erit solutum et in caelis.

La traducción literal es:

«Y todo lo que hayas atado sobre la tierra habrá sido atado también en los cielos; y todo lo que hayas desatado sobre la tierra habrá sido desatado también en los cielos».

Ligaveris y solveris expresan aquí la acción futura considerada en su cumplimiento: «habrás atado», «habrás desatado». Las expresiones erit ligatum y erit solutum están formadas por el futuro de esse unido al participio perfecto pasivo: gramaticalmente corresponden a «habrá sido atado» y «habrá sido desatado». Si se hubiera querido expresar solo el futuro pasivo simple, el latín disponía de las formas ligabitur, «será atado», y solvetur, «será desatado». Jerónimo, pues, no elimina la densidad de la construcción griega, sino que la conserva mediante una formulación latina muy cercana al original.

Las traducciones de la CEI, tanto la de 1974 como la de 2008, traducen en cambio el pasaje con «quedará atado en los cielos» y «quedará desatado en los cielos». Se trata de una versión lingüísticamente comprensible y convertida en tradicional, pero que no hace visible al lector italiano el valor del perfecto presente en el griego y conservado en el latín de la Vulgata. El italiano «quedará atado» puede, de hecho, sugerir una sucesión distinta: primero Pedro decide en la tierra y, después, el cielo confirma su decisión. El texto original orienta, en cambio, hacia una comprensión más delicada: cuando Pedro ata o desata según el mandato de Cristo, su decisión debe manifestar en la tierra lo que ya resulta conforme a la voluntad celestial.

Esta diferencia es teológicamente decisiva. Si se lee solo «lo que ates quedará atado», se puede recibir la impresión de que a Pedro se le entrega un poder sin límites, capaz de obligar a Dios a ratificar cualquier decisión humana. Como si Jesús hubiera dicho: «Cualquier cosa que establezcas, el cielo estará obligado a aprobarla». Una interpretación semejante transformaría el ministerio en soberanía autónoma y las llaves del Reino en instrumentos de posesión. Pero el Evangelio no entrega a Pedro el dominio sobre el Reino: le confía las llaves de un Reino que sigue siendo de Dios.

Durante mucho tiempo, sobre todo en la predicación popular y en ciertas representaciones simplificadas de la autoridad eclesiástica, el versículo ha sido percibido a veces casi como la concesión de un poder absoluto. Es necesario, sin embargo, precisar que la mejor tradición teológica católica nunca ha considerado la autoridad de Pedro ilimitada o superior a la Palabra de Dios. El Papa no es dueño de la revelación, no puede crear una verdad distinta del Evangelio ni puede hacer justo lo que Dios declara injusto. Es custodio, testigo y servidor del depósito de la fe. La precisión gramatical del texto no destruye, pues, el primado de Pedro: lo purifica de una lectura arbitraria y manifiesta su verdadera grandeza.

Pedro recibe realmente las llaves. Su autoridad no es aparente, simbólica o carente de consecuencias. Él está llamado a atar y desatar, a custodiar la comunión, a discernir, a admitir y, cuando sea necesario, a excluir; a declarar lo que es conforme al Evangelio y lo que lo contradice; a confirmar a los hermanos en la fe y a servir a la unidad de la Iglesia. Pero precisamente porque esta autoridad es real, debe permanecer radicalmente obediente. No es la autoridad de quien sustituye a Dios, sino la de quien escucha a Dios para poder servir a los hermanos.

La escena de Cesarea de Filipo lo muestra con claridad. Pedro puede confesar: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo», no porque haya llegado él solo a esta verdad, sino porque el Padre se la ha revelado: «No es la carne ni la sangre quien te lo ha revelado, sino mi Padre que está en los cielos» (Mt 16,17). La autoridad de las llaves nace, pues, de una revelación recibida, no de una superioridad poseída. Pedro puede hablar rectamente cuando escucha al Padre. Cuando, en cambio, pocos versículos después, pretende indicar a Jesús un camino distinto al de la cruz, recibe el reproche más severo: «¡Quítate de mi vista, Satanás! Eres para mí piedra de escándalo, porque no piensas según Dios, sino según los hombres» (Mt 16,23).

Es el mismo Pedro, pero no es siempre la misma calidad de escucha. Cuando acoge lo que viene del Padre, se convierte en piedra sobre la que Cristo edifica. Cuando sigue un pensamiento solo humano y quiere alejar al Mesías de la cruz, se convierte en piedra de tropiezo. El Evangelio coloca así, en el mismo capítulo, la promesa y el límite, la autoridad y la necesidad de la conversión, la grandeza del ministerio y la fragilidad de quien lo recibe. Pedro no está garantizado en cada una de sus palabras privadas o en cada una de sus iniciativas; está sostenido en el cumplimiento de la misión que se le ha confiado, dentro de la escucha de Cristo y la obediencia a la fe apostólica.

También el lenguaje del «atar» y del «desatar» debe ser comprendido a la luz del trasfondo bíblico y judío. Podía indicar el prohibir y el permitir, declarar obligatorio o lícito, excluir de la comunidad o readmitir en la comunión. En Mateo 18,18 la misma expresión se dirige a la comunidad de los discípulos, en el contexto de la corrección fraterna y la reconciliación. El ministerio confiado de modo particular a Pedro no lo separa, pues, de la Iglesia, sino que lo coloca al servicio de su fe y de su comunión.

La primera gran manifestación de esta tarea aparece en los Hechos de los Apóstoles. Pedro abre el anuncio del Evangelio a Israel en el día de Pentecostés y, después, entra en la casa del pagano Cornelio. Pero tampoco en ese momento decide arbitrariamente modificar el designio de Dios. Es precedido por una visión, es alcanzado por el Espíritu y reconoce lo que Dios ya está cumpliendo: «Si, pues, Dios les ha dado el mismo don que a nosotros, ¿quién era yo para poner impedimento a Dios?» (Hch 11,17). Esta pregunta contiene quizá uno de los comentarios más bellos sobre las llaves y el poder de desatar. Pedro no dice: «He decidido y Dios ha aprobado». Dice, en esencia: «Dios ha actuado; ¿quién soy yo para impedírselo?». Él abre porque Dios ya ha abierto; desata porque el Espíritu ha mostrado que aquellos hermanos han sido acogidos.

El mismo principio emerge en el concilio de Jerusalén. Los apóstoles no buscan imponer una voluntad propia, sino reconocer la acción divina entre los gentiles. La fórmula conclusiva es significativa: «Ha parecido bien al Espíritu Santo y a nosotros» (Hch 15,28). No «a nosotros y por tanto al Espíritu», sino «al Espíritu Santo y a nosotros». Primero viene la iniciativa de Dios; después, el discernimiento eclesial que la acoge, la interpreta y la traduce en una decisión concreta.

De esta lectura se derivan consecuencias importantes también para la vida de la Iglesia. Toda autoridad cristiana, desde el ministerio de Pedro hasta el servicio más humilde ejercido en una comunidad, pierde su significado cuando deja de escuchar. No basta con haber recibido un encargo para conocer automáticamente la voluntad de Dios. Es necesario permanecer en la Palabra, orar, confrontarse con la fe apostólica, escuchar al Espíritu, acoger el discernimiento de la Iglesia y mirar con atención las heridas de los hombres.

La autoridad evangélica no pregunta ante todo: «¿Qué puedo imponer?», sino: «¿Qué es lo que está pidiendo Dios?». No se interroga sobre cómo hacer que el cielo ratifique una decisión ya tomada, sino sobre cómo reconocer y servir en la tierra lo que pertenece al cielo. Cuanto mayor es la autoridad recibida, tanto más profunda debe ser la obediencia. Cuanto más decisivas son las llaves confiadas, tanto más pura debe ser la escucha.

Existe además una consecuencia espiritual que afecta a todo creyente. También nosotros somos a menudo tentados de pedir a Dios que confirme lo que ya hemos decidido. Formulamos nuestros proyectos, construimos nuestros juicios, establecemos quién tiene razón y quién no, y solo después buscamos una palabra religiosa que nos dé la razón. El Evangelio invierte este movimiento. No debemos arrastrar el cielo dentro de nuestras decisiones; debemos permitir que el cielo ilumine y convierta la tierra de nuestra vida.

Ata y desata significa entonces también aprender a distinguir los lazos que custodian la vida de aquellos que la ahogan. Hay lazos de fidelidad, de verdad y de responsabilidad que no deben ser desatados con ligereza. Pero hay también cadenas de pecado, miedo, resentimiento, exclusión y desesperación que el Evangelio nos llama a romper. La Iglesia no recibe las llaves para cerrar a los hombres lejos de Dios, sino para custodiar la entrada en el Reino y abrir el camino de la reconciliación, sin separar la misericordia de la verdad.

La fuerza de la palabra dirigida a Pedro no consiste, pues, en atribuirle un poder arbitrario y omnipotente. Consiste en asociar una decisión humana, frágil e histórica, al designio eterno de Dios, siempre que permanezca en escucha de su voluntad. Es una promesa inmensa y, al mismo tiempo, una responsabilidad que hace temblar. Pedro está llamado a hablar en la tierra con los ojos puestos en el cielo; a decidir sin convertirse en dueño; a custodiar sin aprisionar; a desatar sin disolver la verdad; a atar sin transformar el Evangelio en una carga insoportable.

Quizá debamos volver a leer lentamente estas palabras. No para disminuir a Pedro, sino para comprenderlo mejor. No para debilitar la autoridad de la Iglesia, sino para reconducirla a su fuente. La autoridad es verdaderamente apostólica cuando no obliga al cielo a seguir a la tierra, sino que ayuda a la tierra a reconocer el cielo. Las llaves están auténticamente en las manos de Pedro cuando sus manos permanecen abiertas ante Dios: manos que han recibido, manos que sirven, manos que no poseen el Reino, pero que lo señalan y abren su puerta.