Mientras esa plaza desierta se entregaba a la historia, miles de familias vivían duelos sin consuelo: funerales reducidos o aplazados, la imposibilidad de acompañar a sus seres queridos —entregados en una bolsa negra de residuos— en sus últimos instantes, y la carencia de un sacramento esperado durante toda una vida. Hoy, a la luz de tantas verdades negadas y ocultadas durante una emergencia inducida por decretos liberticidas, sigue siendo una herida espiritual abierta que cuestiona profundamente el papel y las decisiones de la Iglesia bergogliana durante esos meses.

Y hoy, al releer esa imagen, la cuestión ya no es solo lo que representó entonces, sino lo que revela ahora. Hoy, esa misma imagen aparece distinta. No desmentida, sino incompleta.

Porque el dolor no ha terminado. Sin embargo, en ciertos frentes, parece haber caído un silencio difícil de comprender. La petición de una celebración pública para el 18 de marzo dirigida al Santo Padre era sencilla: un encuentro, un momento de escucha, una celebración en sufragio por las víctimas de la gestión del Covid y por quienes, aún hoy, viven consecuencias y sufrimientos que desearían poder relatar. No una postura ideológica, ni una condena, sino un gesto pastoral. Y sin embargo, no; hemos recibido una respuesta diplomática, porque estas víctimas, sus familias y los enfermos por efectos secundarios, probablemente no son "Pecadores"...

El pontificado del Papa León XIV se revela en evidente continuidad con el de Francisco en este tema, y no parece haber elegido otra vía, sino que continúa transitando la de la prudencia institucional, el perfil bajo, la ausencia y el rechazo a escuchar el sufrimiento.

Pero la pregunta permanece, y se vuelve cada vez más apremiante: ¿por qué? ¿Por qué la Iglesia, que ha construido su misión sobre la acogida del dolor, parece hoy vacilar ante quienes piden ser escuchados? ¿Por qué no se encuentra lugar para una misa solemne, pública, que reúna a todas las víctimas sin distinción, sin polémicas, sin miedo?

Durante la pandemia, millones de fieles aceptaron decisiones difíciles: iglesias cerradas, sacramentos suspendidos o limitados, comunidades dispersas. Decisiones justificadas por esos decretos coercitivos firmados por Conte, Speranza y Draghi, que dejaron heridas profundas. Muchos percibieron una Iglesia más atenta a las directrices externas que a su vocación sacramental.

Y hoy, queda una parte del pueblo que se siente no escuchada. Queda una demanda de verdad, de transparencia, de reconocimiento del dolor. Queda la sensación de que ciertos sufrimientos se consideran más "presentables" que otros. Y esto es un problema pastoral antes que político.

La Iglesia no está llamada a certificar datos científicos ni a sustituir a las autoridades sanitarias. Pero está llamada, desde siempre, a permanecer al lado de los que sufren, sin condiciones. A dar voz a los que no la tienen. A no temer a las preguntas, incluso cuando son incómodas; a no evitar la escucha del sufrimiento. El riesgo, de lo contrario, es parecer selectivo en la compasión.

Y entonces, el punto no es determinar quién tiene razón en el debate público, sino preguntarse: ¿por qué no crear un espacio donde todas estas personas puedan sentirse acogidas? ¿Por qué no ofrecer al menos un momento litúrgico que no excluya a nadie?

El mismo interrogante se extiende a otros escenarios. Ante los conflictos internacionales y las tensiones crecientes, como las que implican a Estados Unidos o a Israel contra Irán, muchos esperaban una palabra clara, capaz de ir más allá de los equilibrios diplomáticos. Y sin embargo, nada. La Iglesia, cuando habla con libertad, sabe todavía sacudir las conciencias. Pero cuando calla, o parece contenida, deja paso a interpretaciones que debilitan su autoridad moral.

Porque el silencio, cuando se trata del sufrimiento humano, nunca es neutro.

Y porque la credibilidad de la Iglesia no se mide por su capacidad de evitar los conflictos, sino por su capacidad de permanecer fiel a su propia misión, incluso cuando es difícil, incluso cuando cuesta, incluso cuando expone. La pregunta, al fin y al cabo, es sencilla y radical: ¿puede la Iglesia permitirse no escuchar a quienes sufren?

Si la respuesta es no, como enseña la historia, entonces es hora de volver a abrir las puertas. No solo las de las basílicas, sino las de la escucha, el diálogo y la misericordia concreta. Porque sin eso, incluso la plaza más llena corre el riesgo de parecer vacía. Y hoy, "Día de la Memoria de las víctimas del Covid", la Iglesia no ha sabido ofrecer su altar principal, el de San Pedro, manteniendo alejado el sufrimiento de los que se han quedado.

Porque en este rechazo no nace solo una desilusión. Nace una pregunta destinada a permanecer: si no es aquí, ¿dónde? Si no es ahora, ¿cuándo?

Andrea Caldart

Foto de portada: imagen generada por IA

Fuente: QuotidianoWeb

Traducción autorizada: Louis Lurton