Por supuesto, no quiero decir que Dios haya abandonado a Su Iglesia. Jesucristo prometió que las puertas del infierno no prevalecerían contra ella. Tampoco quiero decir que no haya innumerables católicos fieles, santos sacerdotes, religiosos, obispos, padres y madres que aman profundamente a Dios y se esfuerzan cada día por vivir la fe católica. 

Quiero decir algo distinto.  

Me pregunto si hemos construido gradualmente una manera de pensar acerca de la Iglesia –una manera de gobernarla, de hablar de ella, de rendir culto dentro de ella y de determinar sus prioridades– que funciona cada vez más como si lo sobrenatural ya no fuera la realidad central. Porque el catolicismo es sobrenatural o no es nada. 

Pensemos en la fe católica que conocieron nuestros antepasados. Creían en el cielo. Creían en el infierno. Creían en los ángeles y los demonios. Creían que Satanás era real y que la guerra espiritual era real. Creían en los milagros. Creían en Nuestra Señora y en la intercesión de los santos. Creían que el pecado podía destruir la vida de gracia en el alma. Creían que la Confesión podía restaurar esa vida. Creían que, cuando un sacerdote pronunciaba las palabras de la consagración en el altar, el pan y el vino se convertían verdaderamente en el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesucristo. Creían que la eternidad era real. 

Y porque creían estas cosas, vivían de modo diferente. Construían magníficas iglesias porque Dios estaba allí. Se arrodillaban porque Dios estaba allí. Susurraban en la iglesia porque Dios estaba allí. Acudían a la Confesión porque el pecado era real. Ayunaban porque la penitencia era real. Rezaban por los difuntos porque el purgatorio era real. Rezaban el Rosario porque creían que la Madre de Dios realmente los escuchaba. Pasaban una hora ante el Santísimo Sacramento porque creían que estaban sentados ante Jesucristo.  

Ciertamente, los católicos de generaciones anteriores tuvieron sus pecados y sus fracasos. Nunca hubo una edad de oro en la que todos fueran santos. Pero existía un marco sobrenatural dentro del cual se comprendía la vida católica. Y temo que llevamos décadas desmantelando ese marco. 

Escuchemos buena parte del lenguaje que rodea hoy a la Iglesia. Oímos constantemente hablar de escucha. Diálogo. Acompañamiento. Inclusión. Encuentro. Sinodalidad. Caminar juntos. Fraternidad humana.  

Estas cosas pueden tener significados legítimos. Escuchar puede ser bueno. El diálogo puede ser necesario. Ciertamente, debemos acompañar a las personas con caridad y compasión. 

Pero debemos preguntarnos: «¿Dónde está Dios en todo esto?». En medio de tanto hablar unos con otros, ¿seguimos hablando con Él? 

Y cuando escuchamos, ¿escuchamos primero la voz de Dios, o escuchamos para determinar si aquello que Dios ya ha revelado debería de algún modo ser reconsiderado? Hay una diferencia enorme.  

La Iglesia no recibió el Evangelio de un grupo de opinión. La verdad no nos fue dada por consenso. Jesucristo no dijo a los Apóstoles que fueran por el mundo y descubrieran qué creía la humanidad. Les dijo: «Id, pues, y enseñad a todas las naciones». 

A la Iglesia se le dio algo. Un depósito de fe. Una revelación. Una verdad que viene de Dios. Nuestra tarea no consiste en reinventarla. Nuestra tarea es recibirla, guardarla, vivirla y transmitirla. 

Hace más de un siglo, el papa san Pío X vio desarrollarse un peligro dentro del pensamiento católico. Lo llamó modernismo. Comprendió que el modernismo no era simplemente una herejía aislada entre muchas otras. Atacaba algo más profundo: los fundamentos por los que la verdad revelada misma es conocida y recibida. 

Si la verdad religiosa termina por depender de la experiencia humana, de la conciencia o del desarrollo histórico, entonces el hombre se convierte gradualmente en juez de la revelación, en vez de que la revelación se convierta en juez del hombre. 

Por eso san Pío X combatió el modernismo con tanto vigor. También por eso la Iglesia exigió en otro tiempo el Juramento Antimodernista. Y por eso hombres como el arzobispo Marcel Lefebvre advirtieron más tarde que el modernismo no había desaparecido. 

No es necesario estar de acuerdo con todas las decisiones que tomó el arzobispo Lefebvre para reconocer la gravedad de la cuestión que planteó. ¿Qué sucede cuando la Iglesia comienza a acomodarse al espíritu de la época? ¿Qué sucede cuando el deseo de ser aceptada por el hombre moderno se vuelve más fuerte que el deseo de convertir al hombre moderno?  

Dietrich von Hildebrand identificó el problema con notable claridad cuando advirtió contra anteponer la unidad a la verdad. Porque, en última instancia, la primacía de la verdad es la primacía de Dios. Ese es el núcleo de la cuestión. 

Una vez que lo sobrenatural comienza a desaparecer, las consecuencias se extienden por todas partes. Consideremos el pecado. Si el cielo y el infierno son realidades, entonces el pecado mortal es enormemente grave. Si un alma puede ser separada de la gracia santificante, advertir a alguien acerca del pecado no es odioso. Es amoroso. 

Si viera a alguien caminando hacia el borde de un precipicio, ¿me exigiría la compasión permanecer en silencio porque gritar podría incomodarlo? Por supuesto que no. Gritaría precisamente porque lo amaba.  

Durante dos mil años, la Iglesia ha llamado a hombres y mujeres al arrepentimiento porque creía que estaba en juego algo eterno. Pero ¿qué sucede cuando perdemos esa perspectiva sobrenatural? 

El pecado se convierte gradualmente en otra cosa. En vez de preguntarnos si una acción se conforma a la ley de Dios, comenzamos a preguntarnos si una persona se siente acogida. Las enseñanzas relativas al matrimonio, a la sexualidad y a la persona humana se vuelven cada vez más difíciles de proclamar porque la cultura las ha rechazado.  

La Iglesia debe acoger siempre a toda persona con caridad. Todo ser humano posee dignidad. Ningún católico debe tratar a otra persona con odio o desprecio. Pero la caridad no puede significar decirle a alguien que algo que Dios ha llamado pecaminoso ya no es pecado. Eso no es misericordia. Porque si el pecado no es real, el arrepentimiento es innecesario. Si el arrepentimiento es innecesario, el perdón se vuelve innecesario. Y si el perdón es innecesario, finalmente la Cruz misma se vuelve innecesaria. 

¿Por qué necesitaría la humanidad un Salvador si su problema fundamental consiste simplemente en que no nos hemos escuchado suficientemente unos a otros? 

El mismo problema puede aparecer en nuestra relación con otras religiones. Debemos tratar con dignidad a las personas de toda religión. Debemos trabajar por la paz. Debemos oponernos al odio y a la persecución. Pero jamás debemos olvidar por qué existe la Iglesia.  

Jesucristo no es simplemente un maestro religioso entre muchos. Él es el Hijo de Dios. Dijo: «Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie viene al Padre sino por mí».  

Estas palabras no pueden simplemente colocarse junto a toda otra afirmación religiosa como si todos los caminos, en última instancia, condujeran a lo mismo. Si Jesucristo es verdaderamente Dios, entonces la evangelización importa. La conversión importa. El Bautismo importa. La misión importa. La salvación importa.  

Una vez más, lo sobrenatural lo cambia todo. 

Y esto nos lleva a los obispos. 

Digo esto como obispo que soy, y por ello me lo digo primero a mí mismo. 

Todo obispo comparecerá ante Jesucristo. No compareceremos ante un comité. No compareceremos ante los medios de comunicación. No compareceremos ante políticos, donantes, asesores ni ante la opinión pública. Compareceremos ante Cristo. Y responderemos por las almas que nos han sido confiadas. 

El obispo no es simplemente un administrador. No es el gerente de una sucursal de una organización religiosa internacional.  

Lumen Gentium mismo nos recuerda que los obispos no deben ser considerados meramente como vicarios del Romano Pontífice. Los obispos son vicarios y embajadores de Cristo. Eso debería hacer temblar a todo obispo. 

Ha habido momentos a lo largo de la historia de la Iglesia en que los obispos tuvieron que alzarse contra poderosas corrientes de error. Pensemos en san Atanasio. Pensemos en san Juan Fisher. Pensemos en los innumerables obispos que sufrieron el exilio, la prisión e incluso la muerte antes que comprometer la fe. 

¿De dónde procede ese valor? Procede de la fe sobrenatural.  

Si este mundo lo es todo, protege tu posición. Protege tu reputación. Protege tu carrera. Evita la controversia. Permanece cómodo.  

Pero si la eternidad es real, todo cambia. Entonces perder un cargo no es nada. Perder popularidad no es nada. Perder la aprobación de las personas poderosas no es nada.  

La única pregunta que en última instancia importa es: «¿He sido fiel a Jesucristo?» 

La Iglesia también se ha sentido extrañamente incómoda con la condena. Preferimos el diálogo. Y, una vez más, el diálogo tiene su lugar. Pero a veces un pastor debe decir no.  

Esto es cierto en toda familia. Un padre amoroso no aprueba todo lo que sus hijos deciden hacer. A veces el amor le exige decir: No. Eso te hará daño.  

Históricamente, la Iglesia entendió la condena doctrinal de manera muy semejante. Los anatemas no estaban destinados a ser expresiones de odio. Establecían límites porque la Iglesia creía que el error podía destruir las almas. Por eso el concepto que a veces se denomina «anatema caritativo» merece reflexión. 

Si la herejía puede alejar las almas de Cristo, corregirla es caridad. Si el pecado mortal puede separar un alma de Dios, advertir contra él es caridad. Si recibir indignamente la Sagrada Comunión puede ser sacrilegio, proteger la Eucaristía es caridad. 

Tal vez una razón por la que nos hemos vuelto tan reacios a condenar el error no sea que hayamos descubierto una caridad mayor que la que poseían los santos. Tal vez, en cambio, hayamos perdido la confianza en que el error tiene consecuencias eternas. Y si eso es verdad, nos enfrentamos una vez más al mismo problema: la pérdida de lo sobrenatural. 

Pero no quiero que este mensaje sea de desesperanza. Porque está sucediendo algo más. Dondequiera que voy, encuentro católicos hambrientos. No hambrientos de otro programa. No hambrientos de otro comité. No hambrientos de otra sesión de escucha. Tienen hambre de Dios. 

Los jóvenes católicos están descubriendo la adoración eucarística. Las familias están redescubriendo el Rosario. Las personas leen las vidas de los santos. Aprenden acerca de los milagros eucarísticos. Descubren el ayuno y las devociones tradicionales. Muchos se sienten atraídos por la belleza y la reverencia de la Misa tradicional en latín. 

¿Por qué? 

No creo que sea simplemente nostalgia. 

Muchos de estos jóvenes no tienen memoria del antiguo mundo católico. Nunca lo vivieron. Lo que buscan es trascendencia. Buscan algo que no proceda de ellos mismos. Quieren misterio. Quieren reverencia. Quieren sacrificio. Quieren verdad. 

En última instancia, quieren a Dios.  

Y tal vez comprendan algo que los planificadores eclesiales han olvidado: si la Iglesia ofrece al mundo solamente lo que el mundo ya puede proporcionar, el mundo no tiene necesidad de nosotros. El mundo ya tiene organizaciones humanitarias. Tiene movimientos sociales. Tiene conferencias. Tiene terapeutas. Tiene organizaciones comunitarias. Tiene movimientos políticos. Tiene infinitas oportunidades para el diálogo.  

Lo que el mundo no puede darse a sí mismo es la gracia sobrenatural. El mundo no puede absolver un solo pecado. El mundo no puede consagrar la Eucaristía. El mundo no puede darnos el Cuerpo y la Sangre de Cristo. El mundo no puede abrir el cielo. 

Solo Cristo puede salvar. Y Cristo confió Su misión salvífica a Su Iglesia. 

Entonces, ¿cuál es la respuesta? No es la amargura. No es la ira. No es otra facción católica. Y, fundamentalmente, no es que necesitemos una Iglesia más severa.  

Necesitamos una Iglesia que vuelva a creer. 

Una Iglesia que crea que Jesucristo está verdaderamente presente en el tabernáculo. Una Iglesia que crea que la Confesión devuelve a la vida a las almas espiritualmente muertas. Una Iglesia que crea que Nuestra Señora y los santos realmente interceden por nosotros. Una Iglesia que crea que los ángeles son reales. Una Iglesia que crea que los demonios son reales. Una Iglesia que crea que los milagros siguen ocurriendo. Una Iglesia que crea que la Sagrada Escritura es la Palabra de Dios. Una Iglesia que crea que el pecado es real. Una Iglesia que crea que la misericordia es real. Una Iglesia que crea que el juicio es real. Una Iglesia que crea que el cielo merece que sacrifiquemos todo para alcanzarlo. 

Y una Iglesia que, por tanto, posea el suficiente valor para decir la verdad cuando decirla nos cuesta algo.  

La Sagrada Escritura nos ofrece palabras desesperadamente necesarias en nuestra época: «Sed valientes y tened buen ánimo; no temáis ni os aterroricéis ante ellos, porque el Señor tu Dios es quien va contigo; no te dejará ni te abandonará» (Deuteronomio 31:6). 

¿Por qué tenemos miedo? ¿Por qué habría de temer un obispo proclamar lo que Cristo ha revelado? ¿Por qué habría de temer un sacerdote predicar sobre el pecado? ¿Por qué habrían de temer los padres enseñar a sus hijos que la verdad católica es realmente verdadera? ¿Por qué habrían de avergonzarse los católicos de hablar de milagros? ¿Por qué habríamos de avergonzarnos de los santos? ¿Por qué habríamos de susurrar acerca del diablo cuando la Escritura habla claramente de la guerra espiritual? ¿Por qué habríamos de disculparnos por creer que Jesucristo es el Salvador del mundo? 

San Pablo nos dice: «Porque nuestra lucha no es contra carne y sangre, sino contra los principados y potestades, contra los dominadores de este mundo de tinieblas, contra los espíritus de maldad en las alturas» (Efesios 6:12). 

O esto es verdad o no lo es.  

Si es verdad, entonces quizá sea hora de que los católicos comiencen a vivir como si lo fuera. 

Tal vez la crisis más profunda del catolicismo no sea, en última instancia, la crisis litúrgica. No sea la crisis sexual. No sea la crisis de vocaciones. No sea la crisis del liderazgo episcopal. Ni siquiera sea la crisis doctrinal.  

Debajo de todas ellas puede haber algo aún más profundo: una crisis de fe en lo sobrenatural. 

¿Creemos realmente que Dios ha hablado? ¿Creemos que Su verdad sigue siendo verdadera cuando el mundo la rechaza? ¿Creemos que la eternidad es real? ¿Creemos que las almas pueden perderse? ¿Creemos que las almas pueden salvarse? ¿Creemos que Jesucristo es Dios? 

Porque, si realmente creemos estas cosas, nuestras iglesias deberían verse diferentes. Nuestra predicación debería sonar diferente. Nuestro culto debería verse diferente. Nuestras familias deberían vivir de manera diferente. Y nuestros obispos deberían guiar de manera diferente. 

Podemos tener nuestros sínodos. Podemos tener nuestros comités. Podemos redactar nuestros documentos. Podemos celebrar nuestras reuniones. Podemos dialogar. Podemos escuchar. Podemos acompañar. Pero si en algún punto del camino Dios se vuelve secundario, ¿hacia dónde caminamos juntos exactamente? 

La Iglesia no necesita parecerse más al mundo para salvar al mundo. Necesita convertirse más plenamente en aquello que Jesucristo la estableció para ser.  

Necesitamos confesionarios llenos de nuevo. Necesitamos familias que recen el Rosario. Necesitamos ayuno. Necesitamos penitencia. Necesitamos reverencia ante la Sagrada Eucaristía. Necesitamos sacerdotes que prediquen las verdades eternas. Necesitamos obispos dispuestos a sufrir por esas verdades. Necesitamos iglesias en las que una persona que atraviese las puertas perciba inmediatamente: Dios está aquí. 

Lo aterrador no es simplemente que el mundo haya aprendido a vivir sin Dios. Gran parte del mundo claramente lo ha hecho. La aterradora posibilidad es que la Iglesia pueda aprender a funcionar sin Él.  

Una Iglesia llena de actividad. Una Iglesia llena de conversación. Una Iglesia llena de programas, procesos, reuniones y documentos. Y, sin embargo, una Iglesia en la que el Dios sobrenatural haya sido de algún modo silenciosamente relegado a los márgenes. 

Hermanos y hermanas, no podemos permitir que eso suceda. La respuesta no es otro programa. La respuesta es Jesucristo. 

Devolvedlo al centro. Volved a Su Corazón Eucarístico. Volved a la Confesión. Volved a la oración. Volved a la Sagrada Escritura. Volved a la fe que nos ha sido transmitida. Volved a Nuestra Señora. Volved a los santos. Volved al sacrificio. Volved a la reverencia. Volved a lo sobrenatural. 

Y no tengáis miedo. Porque el mundo no necesita una Iglesia sin Dios. El mundo necesita desesperadamente la Iglesia de Jesucristo –la Iglesia del Dios vivo. 

Que Nuestro Señor os fortalezca, que Nuestra Señora os guarde bajo su manto y que permanezcáis firmes en la verdadera fe, cualesquiera que sean las pruebas que puedan venir. 

Y que Dios Todopoderoso os bendiga, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. 

Amén. 

Obispo Joseph E. Strickland 
Obispo emérito