La visita de León XIV a la Sapienza, entre los aplausos y los gritos de "¡viva el Papa!" de profesores y estudiantes, cose simbólicamente la herida de la censura de dieciocho años atrás contra Benedicto XVI.
En una época más polarizada respecto a 2008, hemos pasado del "¡Fuera el Papa de la universidad!" gritado por los estudiantes/militantes de Ciencias Políticas a los "¡viva el Papa!" de ayer.
Las palabras de León sobre "paz desarmante y desarmada" y sobre el "preocupante calentamiento del sistema climático" deben haber parecido a los antipapistas de ayer más aceptables que aquellas que Benedicto habría querido pronunciar en la misma Aula Magna. Sin embargo, la lección magistral ratzingeriana que quedó en el cajón es perfectamente superponible al "quien busca la verdad, al final busca a Dios" pronunciado ayer, improvisadamente, por Prevost en la capilla universitaria. Señal de que los dos Papas tienen la misma idea de la misión que debería tener la universidad y el saber en general.
En cualquier caso, la presencia misma del Papa en la universidad romana ha bastado para desenmascarar la hipocresía de la protesta de 2008. La invitación a Benedicto XVI fue definida por 67 profesores como una "desconcertante iniciativa". Su llamamiento pidió amordazar al Papa "en nombre de la laicidad, de la ciencia, de la cultura y del respeto de esta universidad". Quienes defendieron la protesta anti-Ratzinger (muchos en la entonces mayoría de centroizquierda: desde Emma Bonino a los socialistas hasta Refundación Comunista) sacaron a colación las supuestas "injerencias del Vaticano". La tranquila visita de hoy de León XIV, contra la que no se han alzado protestas, demuestra que en el origen de la campaña militante de dieciocho años atrás no había defensa de la laicidad. El problema eran las ideas de Joseph Ratzinger, no el Papa. Lo confirma el hecho de que el futuro Premio Nobel Giorgio Parisi, uno de los firmantes del llamamiento en 2008, pretendió incluso establecer cuáles serían los temas que el incómodo huésped podría tratar y cuáles no: "debería venir a hablar de la pena de muerte", declaró el profesor de física rechazando en cambio como "fuera de lugar" una posible alusión a la moratoria sobre el aborto. Y ayer el mismo Parisi estaba en primera fila aplaudiendo las palabras de León, proporcionándonos así la imagen-símbolo de cómo un Papa que habla en el Aula Magna ya no es un "evento incongruente" para los contestatarios de 2008.
La censura invocada "en nombre de la cultura" contra un Papa intelectual es una contradicción que permanecerá en la historia como manifestación de intolerancia. Como señala al Giornale el cardenal Walter Brandmüller, docente en universidades estatales alemanas durante décadas, lo absurdo del episodio de la Sapienza se agrava por el hecho de que "no solo impidieron hablar a un Papa, sino también a un colega profesor con un curriculum prestigioso, miembro de la Academia de Ciencias de Renania-Westfalia, de la Académie des Sciences Religieuse de Bruselas y de la Académie des sciences morales et politiques del Institut de France". En efecto, el hecho de que al Papa que pasó a la historia de la Iglesia contemporánea por su empeño en presentar la compatibilidad entre fe y razón no se le permitiera hablar en una universidad fundada por Bonifacio VIII parece, hoy más que ayer, verdaderamente paradójico.
En suma, el éxito de la visita de ayer de León ha hecho caer una máscara llevada durante casi veinte años: para algunos el derecho de palabra del Papa en una universidad depende de cuáles sean las palabras clave de un pontificado. Y al conservador Ratzinger, así como al anticomunista Wojtyla que fue contestado en la Sapienza en 1991, debía serle negado.